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  • 2 de Abril - Día Internacional para la concientización sobre el autismo

    El autismo es uno de los desórdenes del neurodesarrollo más frecuentes, afectando a aproximadamente el 2% de la población. Además, diversos estudios asocian el autismo a un mayor riesgo de entrar en depresión, tener pensamientos suicidas e incluso intentar o cometer suicidio. Se estima que el riesgo de suicidio en personas con autismo es al menos tres veces superior a la media de la población, por lo que el autismo es considerado como un factor de riesgo de la conducta suicida. Sin embargo, esta es solo una forma de ver las cosas. Los autistas son vistos como “personas raras” por la población no autista a causa de sus rasgos particulares de carácter o comportamiento. En base a esto y al prejuicio que nos lleva a despreciar o al menos a alejarnos de todo lo que es diferente a lo conocido, con demasiada frecuencia, las personas con autismo son discriminadas, aisladas o incluso hostigadas en sus interacciones sociales. Si bien es cierto que a los autistas les resulta más difícil que a otras personas desarrollar habilidades sociales, desde la otra parte, es decir desde la comunidad, la respuesta que reciben a sus intentos de socializar suele ser la indiferencia o la agresión. Visto de este modo, el origen del aislamiento, la depresión y los pensamientos suicidas de los autistas no es el autismo en sí, sino un medio social poco inclusivo o a veces hostil. Vivimos en una época signada por la reivindicación de los derechos de las minorías a ser incluidas y a recibir un trato igualitario. Los autistas también están dando esa batalla, tal vez con menos herramientas que otros grupos minoritarios pero no con menos anhelo de justicia. El objetivo debería ser una sociedad donde nadie sea discriminado y donde, por el contrario, las diferencias sean valoradas. En el caso particular del autismo no resulta fácil reconocerlos. Entre los adultos con autismo, muy pocos están diagnosticados, por lo que ni siquiera ellos mismos se reconocen como autistas, sin embargo, la actitud de no discriminar se puede aplicar de cualquier modo. La próxima vez que interactuemos con una persona "rara”, no pensemos en los diagnósticos, simplemente, brindémosle un trato igualitario y apreciemos sus “rarezas”. Lo que nos hace diferentes unos a otros es también lo que nos hace únicos, por lo que siempre debe ser valorado. Si construimos un medio social más inclusivo, no solo las personas con autismo se verán beneficiadas con mayor integración social y un menor riesgo de suicidio. Incluir la diversidad nos enriquece a todos de muchas maneras diferentes. Ver también: Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG

  • 30 de Marzo - Día Mundial del Trastorno Bipolar

    El trastorno afectivo bipolar (TAB) es una de las afecciones mentales más frecuentes. Lo sufre entre el 2 y 3% de la población. Además, es la sexta causa de discapacidad y uno de los principales factores de riesgo de la conducta suicida. Se estima que el riesgo de muerte a causa de suicidio para estos pacientes supera el 15% (entre diez y veinticinco veces mayor que el promedio de la población). Sin embargo, el trastorno afectivo bipolar es también una de las afecciones mentales para las que existen más y mejores recursos terapéuticos. Una persona que sufre este trastorno, correctamente medicada, puede por lo general, llevar una vida tranquila, feliz, productiva y sin riesgo de suicidio. ¿Qué sucede entonces? ¿Por qué el trastorno afectivo bipolar, en el siglo XXI, sigue causando discapacidad, pérdidas económicas, problemas en las relaciones, aislamiento y pensamientos suicidas? El primer problema es el diagnóstico. Más de la mitad de las personas que sufren TAB no están diagnosticadas. Al no contar aún con marcadores biológicos el diagnóstico se basa en la entrevista clínica que debe hacerse con una mirada longitudinal. El principal síntoma del TAB es el cambio en el estado de ánimo, eso difícilmente se vea en una entrevista corta en la que el paciente solo habla de lo que le preocupa, que suele ser la depresión. Las fases maníacas, o no son registradas o no son consideradas como un problema por los pacientes. Por este motivo muchos pacientes con TAB son diagnosticados erróneamente con depresión unipolar. Aún en los casos en que el médico llega al diagnóstico correcto, el siguiente paso es que el paciente lo acepte. Todas las enfermedades mentales están estigmatizadas en nuestro medio social, pero en particular el TAB suele ser asociado con la locura por lo que el diagnóstico es con frecuencia resistido por los pacientes que pueden cambiar de profesional en búsqueda de un diagnóstico más benigno o que sea más fácil de aceptar para sus propios prejuicios. El problema es que un diagnóstico equivocado lleva a un tratamiento equivocado. El tercero y tal vez más grave de los problemas para que los pacientes con TAB dispongan de los recursos que necesitan y así puedan llevar una vida plena es el apego al tratamiento. El TAB no siempre es desagradable para quienes lo padecen. Es más, muchas personas con TAB manifiestan que por momentos se sienten más que bien, muy bien. Los estabilizadores de ánimo reducen la intensidad de los picos depresivos pero también la vivacidad de esos momentos de euforia. Muchos pacientes pueden “extrañar” esos episodios o al menos sentirse lo suficientemente bien como para pensar que ya no necesitan medicamentos. Lamentablemente, el precio que suele pagarse por esta decisión suele ser muy alto. Para que más personas afectadas por el TAB puedan acceder a los tratamientos adecuados y sostenerlos, es necesaria una mejor formación del personal médico en los métodos específicos de diagnóstico, una toma de conciencia a nivel comunitario para erradicar los tabúes sobre las enfermedades mentales y sobre el TAB en particular y un apoyo familiar y comunitario que ayude a los pacientes con TAB a sostener su tratamiento. Para esto último existen grupos de ayuda mutua específicos que organiza FUBIPA. En Hablemos de Suicidio tenemos nuestros propios grupos de ayuda mutua que, si bien no son específicos para TAB, pueden brindar escucha, contención y acompañamiento a pacientes bipolares con pensamientos suicidas. Entre todos podemos lograr que estos cambios ocurran y así conseguir un mejor pronóstico de vida para los pacientes bipolares y además, reducir el riesgo de suicidio para estas personas. Fuentes: FUBIPA https://www.elsevier.es/es https://www.clinicbarcelona.org Ver también: Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas

  • Acción comunitaria para visibilizar a las víctimas de suicidio

    Un mural…700 nombres…700 personas… Tiempo después del fallecimiento de mi hijo Facundo a causa de suicidio, una amiga me comentó de Jess Browne, mamá de Nacho y creadora de Empesares. Ella, junto a su prima Cintya Castañeda, licenciada en Psicología, decidieron, con mucho amor, reunir a un grupo de Psicólogas voluntarias con el fin de contener y visualizar a familiares de víctimas de suicidio. Y así fue que armaron grupos para padres, hermanos e hijos que habían perdido a su ser querido por esta causa. Hace ya casi un año que nos reunimos virtualmente todos los lunes a las 20 hs con nuestra querida psicóloga Carolina, donde nos escucha y asiste amorosamente. Entre nosotras nos entendemos, nos acompañamos, nos cuidamos. Con sólo vernos en la pantalla y charlar de nuestras emociones, nos alivia el alma. Nos necesitamos, quien mejor que alguien que haya pasado por lo mismo para entendernos? El pasado viernes 10 de marzo y el sábado 11, la artista Silvia Kuhn y un grupo de colaboradores, estuvieron trabajando en la realización de un mural sobre la visualiza- ción de la salud mental. El mismo fue luego trasladado a una pared gentilmente donada por una óptica de la localidad de Pilar, provincia de Buenos Aires. Allí nos invitaron a colocar el nombre de nuestro ser querido en un mosaico que forma parte del mural. Este será el primero de muchos que se realizarán en el país. Ver también Brindar Asistencia Primaria en caso de Duelo por Suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG

  • El largo camino para procesar un suicidio

    Un día de 1995, pasado el mediodía, el sol enorme de ese otoño se oscureció, y el frío me cubrió hasta el alma por muchos años. En casa mirábamos a Nico por TELEFE mientras mi madre en la otra habitación tendía las camas. Un hombre que fue compañero de mi padre en la comisaría cuando él trabajaba en el pueblo se acercó a decirle a mi madre que mi padre estaba en el hospital y que la hacía llamar. No supe qué pensar. Nunca antes había visto que mi padre ,que ya no vivía con nosotras, haya requerido atención médica. Lo más que lo había visto requerir eran algunas pastillas para mejorar algún resfrío o una crema por haberse quemado con el sol. Mi madre se cambió de ropa y fue al hospital. No había pasado media hora cuando llegó una de las hermanas de mi madre llorando a gritos, diciendo que mi padre había muerto. Me dijo que armara el bolso, que nos íbamos. Yo buscaba sin saber que buscaba entre las ropas, mientras pensaba "no es cierto, seguro se equivocó, por qué viene a decir semejante cosa". Escuchaba y no podía entender qué sucedía. Mi cabeza era un caos, temblaba y una mano invisible aprisionaba mi corazón tanto que me costaba respirar...Más tarde viajé con otras de mis tías. Cuando llegamos a la sala velatoria, salió a recibirme uno de mis tíos, hermano de mi papá. Me abrazó, temblaba como una hoja, lloraba como un niño perdido. Llegué a verlo en el cajón. No era mi padre, no podía reconocer a ese hombre, a ese cuerpo tieso y pálido que tenía vendada la cabeza. Mi padre, el que yo recordaba, tenía tanta vida, siempre con una enorme sonrisa, una mirada dulce y luminosa. Todo el tiempo espere que ingresara por alguna puerta a aclarar esa farsa. No llegó. Mi padre vivía con una pareja, cuentan que discutieron y que él decidió quitarse la vida con su arma reglamentaria ya que era policía. Sobre su muerte solo se hablaba despacio, murmurando entre dientes. Nosotros, sus hijos, no sabíamos y no podíamos hablar del tema. De alguna manera estaba prohibido pronunciar la palabra suicidio en voz alta o preguntar sobre el tema. Yo era la mayor de sus hijas cuando se suicidó. Tenía tan solo 14 años de edad y me llevó 14 años más tramitar su muerte. En ese lapso pensé que estaba loca por mi recurrencia a la tristeza profunda o mis pensamientos de muerte, hasta creía verlo en otros uniformados que de lejos se le parecían. En algún momento fui a un psicólogo famoso en mi pueblo porque en aquellos años era el único. Recuerdo que le contaba que no sabía que estudiar porque en casa no había dinero, y que ingresar a la policía era lo más rápido para solucionar lo económico pero tenía miedo de terminar como mi padre, con una bala en la cabeza. Ese profesional no supo escuchar lo que le decía, ni tratar lo que me angustiaba. Me alentaba a ingresar a la policía ya que, según él, yo era una enana que en hombros de esa institución gigante iba a lograr lo que quería. No pudo ayudarme. Pasaron muchos años para que en otra ciudad encontrara a quien fue mi psicóloga por cuatros años. Acudí a ella por pesadillas y miedos nocturnos. Terminamos hablando de mi padre a quien no había enterrado ni llorado como debía. Por fin pude responder cuando me preguntaban sobre cómo había muerto, ya sin un nudo en la garganta, sin decir con voz robótica "ataque cardiaco”, “paro cardiorrespiratorio" u otra cosa similar. Pude, con mi psicóloga, llorar, hablar todo lo que necesitaba, asumir que se suicidó y que ello no era ni condena ni maldición para que sucediera un nuevo suicidio en la familia. Antes de conocer a la psicóloga que pudo ayudarme conocí varios profesionales. En mi familia fue motivo de chiste que haya recorrido tantos. Pero esa psicóloga me escuchó, me acompañó en el proceso de duelo, validó mis emociones, mis tristezas, mi enojo y mi desesperanza, como parte del mismo proceso de duelo, sin patologizar mis vivencias. Tuvo paciencia y me enseñó con ello a respetar mis tiempos, que no era un camino rápido y directo, que estaba bien si un día no podía avanzar o regresaba muchos casilleros atrás. Buscamos juntas estrategias en las temporadas que la angustia no me permitía hablar. Para poder trabajarlos en terapia, recurrió a escribir mis sueños, llevando fragmentos de libros o películas. También me ayudó a identificar lo que me salvaba la vida, como mi gusto por la lectura de libros o los amigos que pude hacer. Actualmente me siento bien, a veces sigo extrañando y deseando estar, aunque sea unos minutos, con mi papá. Se terminaron las pesadillas que tenía con él, los pensamientos intrusivos fueron desapareciendo, no se extinguieron pero son más fáciles de identificar. Elegí estudiar psicología. Me queda rendir los exámenes finales de tres materias para recibirme. En estos momentos no estoy trabajando. Fui mesera, niñera, cuidadora de adultos mayores, vendedora de ropa y ama de casa. No quise ser policía. Sigo temiendo a las armas de fuego. Brindar Asistencia Primaria en caso de Duelo por Suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG

  • El poder de la Fe para superar traumas y prevenir el suicidio

    Tengo 52 años, soy encargada de edificio y madre de 3 hijos. Soy la mayor de 9 hermanos con un padre abusivo que se fue cuando tenía 11 años. Mi responsabilidad como mayor fue hacerme cargo de mis hermanos a esa edad. Sumado al trauma del abuso y la necesidad que vivía en su momento comencé con deseos de no querer vivir y a los 14 años tomé unas pastillas que me hicieron sólo dormir. Luego de un tiempo había ideado para cortarme las venas con una Gillette pero no me animé. Así comencé con mis ideas he intentos suicidas. A los 25 años me casé, un poco huyendo de mi casa y de la situación que ahí vivía. Todo comenzó bien hasta que, con el tiempo, él se volvió agresivo y ahí ya tenía a mis hijos mayores. También entonces tomé pastillas para dormir. Esa vez estuve mal por dos días porque me dormí, pero a su vez me planchó y los pensamientos empezaron a ser más frecuentes; pero estaban mis hijos. Una tía me llevó a una iglesia evangélica y ahí me ayudaron mucho. Tuve mi tercer hijo y mis pensamientos fueron cambiando. Me divorcié hace 10 años, con muchos conflictos, fue muy estresante pero logré salir y no volví a pensar en el suicidio. Ve también Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG

  • La importancia de aceptarse a una misma para prevenir el suicidio

    Mi infancia no fue tan fácil. No fui una hija deseada. Nací por accidente, diría mi madre. No supe que vivía con mi padre adoptivo hasta mis trece años cuando mi mamá me contó que había quedado embarazada de una relación casual a sus veinte años. Siempre tuve conflictos con mi madre. Es una persona fría que muchas veces actuó en forma cruel. Todavía a veces lo hace, sólo que ahora su intensidad disminuyó por la edad. Su madre era así también con ella, según sus constantes anécdotas familiares. Mi padre biológico resultó ser un conocido pero nunca nos acercamos como padre e hija. Siempre fui una nena callada y sumisa. Hacía lo que se esperaba de mí y me refugiaba en la lectura. En la adolescencia las cosas empeoraron porque mi mamá descargaba sus problemas conmigo. Creo que ella nunca dejó de ser adolescente, aún actúa buscando aceptación y comportándose de forma infantil. En mi adolescencia descubrí mi homosexualidad, pero me casé a los veinte años porque eso era lo que se esperaba de mí. Nació mi único hijo y me divorcié, ya asumiendo mi sexualidad, pero él intentó quitarme la tenencia por mi condición en un juicio que duró cuatro años. Mi familia siempre miró desde afuera lo que me sucedía. La jueza dictaminó a mi favor porque no había modo de comprobar mi homosexualidad. Obviamente, mi abogada me había aconsejado que lo negara porque los jueces podían tener prejuicios. Estoy hablando de algo que sucedió hace 30 años. Lamentablemente tuve que vivir en el mismo espacio que mi madre por cuestiones económicas. Así que sus constantes agresiones y su forma de tratarme son algo diario. Mi hijo creció y se fue a vivir a su propia casa. Yo tuve que quedarme porque el dinero no me alcanza para alquilar algo siquiera. Tuve una sola pareja después de mi divorcio pero se terminó después de siete años ya hace mucho tiempo. Mi crisis emocional coincidió con la mudanza de mi hijo. El nido vacío. Allá por el año 2014 fui a consultar a un neurólogo por desánimo y cansancio generado, quizás por conflictos laborales y familiares. Después de una breve conversación con el médico me "diagnosticó" depresión. También comenzó a recetarme medicamentos antidepresivos que hacía preparar en una farmacia de la Ciudad de Buenos Aires. En esas cápsulas también incluía Isoflavona, ya que por entonces iniciaba mis síntomas de pre-menopausia, (tengo 56 años) y otro producto que, según decía él, era para retardar el envejecimiento. Mi situación no mejoraba. En realidad empeoró. No podía dormir, así que me recetó algo para conciliar el sueño. Pero como no lograba mantenerme sin cansancio durante el día y yo trabajaba dos turnos, me recetó algo más para mantenerme activa. En 2015 comencé a tener desórdenes del sueño y pesadillas. Era incapaz de tener ánimo para trabajar, así que me dieron tareas livianas en la escuela. Dejé de estar frente a los alumnos. Soy docente a tiempo completo. Debo decir que estar ocho horas con colegas en un espacio reducido sin la alegría de mis alumnos no era lo ideal. Ese año el neurólogo que me atendía tuvo un problema familiar grave, paradójicamente uno de sus hijos se suicidó. Dejó de atenderme y tuve que acudir a una psiquiatra para que siguiera con mi tratamiento. La médica en cuestión no hizo más que transcribir en un recetario la misma medicación que ya tenía pero agregándole además Fluoxetina para nivelar mi ánimo. Fue entonces que comenzaron los pensamientos suicidas, cada vez más seguidos, cada vez peor. No podía levantarme, no comía, no podía ir a trabajar, tenía taquicardia y pesadillas. Quería que todo eso se terminara de una vez. Tengo dos gatitas y pensaba que tenía que "irme" con ellas porque nadie las iba a cuidar cuando yo no estuviera. Son muy asustadizas. Pensé en abrir las llaves de gas ya que en invierno ellas duermen dentro de la casa. Una noche llegué a escribirle una carta a mi hijo, que nunca le entregué, para despedirme. A fines del 2016, un día me di cuenta de que tenía que hacer algo porque a mi alrededor nadie notaba lo que me sucedía. En mi infierno sabía que tenía que hacer algo con la situación. A la mañana siguiente después de tomarme más de un comprimido y viendo que estaba en un estado límite llamé por teléfono para sacar un turno con otro psiquiatra, y me atendió al otro día. El nuevo psiquiatra me sacó la medicación para dormir y para mantenerme activa, me cambió el antidepresivo por Sertralina y me dijo que debía hacer tratamiento psicológico para acompañar la medicación. Hice terapia psicológica, la misma psicóloga se asombró por la cantidad de medicación que había estado tomando. Ese verano me fui de vacaciones con mi hijo, lo peor había pasado. La terapia me ayudó a ver a las personas y las cosas de otra manera; a aceptarme y a aceptar a los demás; a comprender y a poner distancia emocional de quienes sólo lastiman porque fueron lastimados, como mi madre, de la ignorancia, como mi ex esposo, o como el común de la gente que sólo discrimina y creen ser tan sanos; a aceptar que nadie es perfecto; y a elegir atender los conflictos sin desatender mi paz. Nunca más volví a sentirme mal ni a tener esos pensamientos horribles o esas pesadillas cuando lograba dormirme. A veces es necesario aceptarnos a nosotros mismos, amarnos a nosotros mismos. Elegir la luz, la paz. Mi modo es a través del arte, de la música, es otorgarme cada día espacios para la relajación sin dejar de vivir en el mundo real. Hoy por hoy evalúo si los que no nos acomodamos al mundo realmente estamos mal o si quizás solo nos tenemos que darnos a nosotros mismos espacios de liberación emocional, haciendo cosas que nos enciendan, otorgándonos la paz que este mundo parece querer arrebatarnos cada día. Nunca hasta ahora había podido contar toda mi odisea excepto a la psicóloga. Agradezco enormemente la oportunidad de poder contarlo. Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG

  • Aprendizajes de la psicología positiva para prevenir el suicidio

    No hay duda de que la discusión pública sobre salud mental viene ganando terreno en las últimas décadas. De ser un tema tabú y vergonzante hace solo unos años pasó a ocupar un espacio propio en los medios masivos de comunicación y en las conversaciones cotidianas. Es cierto que los trastornos más graves siguen generando incomodidad o rechazo. Aún falta mucho recorrido para que las enfermedades que afectan la mente y a las emociones se traten con la misma naturalidad que mostramos para aquellas que comprometen al cuerpo. Sin embargo, comprendimos que salud mental no es solo no sentirse mal, es también sentirse mejor, y que ocuparnos en esta tarea cotidiana aún frente a las cuestiones leves es la mejor manera de prevenir males mayores. Es también la mejor estrategia para prevenir el suicidio. En lugar de esperar a que los pensamientos suicidas aparezcan, fortalecer nuestro sistema emocional para que, pese a los inevitables sinsabores de la vida, el pensamiento suicida nunca llegue. Surge así lo que hoy se conoce como psicología positiva, que no pone el foco en la enfermedad sino en los recursos y las fortalezas para así promoverlas. La psicología positiva despertó tanto interés en el público que se transformó en un género literario y en una especialidad periodística. Los libros de autoayuda y los artículos sobre bienestar se multiplicaron en las últimas décadas. Cabe preguntarse, sin embargo, cuántos de estos “consejos para estar mejor” realmente son aplicados en nuestra vida cotidiana. Por eso nos parece interesante un resumen que Anton Corbijn hizo para la revista Vogue sobre 8 recomendaciones que a ella le resultaron realmente útiles: 1- No es egoísta cuidarse uno mismo Yo podré ayudar en la medida de cómo me encuentre. Si no estoy bien, no tengo nada para dar. Sara Noheda 2- Preocuparse por todo no significa estar haciendo lo correcto. Cuando la preocupación es excesiva, te lleva al bloqueo en vez de a una respuesta eficaz Ana Gutiérrez Laso 3- No estamos condenados a los pensamientos negativos Se puede aprender a ser positivo, pero hay que esforzarse y ser constante para conseguirlo. Blanca Tejero Claver 4- No necesito hacer todo y ni todo bien Los fracasos son peldaños de éxito. ..Aprender a detectar lo que no tiene que pasar de hoy y lo que puede dosificarse durante la semana ayuda mucho José Elías 5- La autoestima es un trabajo de equipo Hacerle saber todos los días a quienes nos acompañan en el camino de la vida cuanto los apreciamos y valoramos y a su vez aceptar sus cumplidos es un refuerzo necesario para cultivar la autoestima propia y la de nuestros seres queridos. 6-Tratarnos a nosotros mismos con respeto y afecto modificar la manera en la que nos tratamos a nosotros mismos tiene la capacidad de modificar nuestro estado de ánimo. Jesús Matos 7- Pensar menos para vivir mejor Rumiar demasiado sobre nuestros pensamientos siempre es un gasto inútil de energía y en ocasiones podría llegar a ser una tortura. 8- Hablar de lo que nos pasa y de lo que sentimos al respecto “Compartir nuestros sentimientos y emociones nos ayudará a gestionarlos y regularlos mejor” Ana Gómez de Escauriza Sabemos que estos y otros aprendizajes de la psicología positiva no siempre resultan fáciles de llevar a la práctica, que hacerlo requiere trabajo y mucha práctica. Pero también sabemos que el esfuerzo vale la pena. Hacerlo en nuestra propia vida y promover desde el ejemplo estas actitudes en nuestros círculos cercanos, sin duda mejorará nuestro bienestar y el de nuestros seres queridos y hará que todos estemos mejor protegidos frente al riesgo de suicidio. Fuentes https://www.vogue.mx/estilo-de-vida/articulo/salud-mental-que-recomiendan-los-psicologos Ver también: Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG

  • ¿Aumentaron los casos de suicidio durante la pandemia?

    Mucho se habló sobre la incidencia de la pandemia de COVID 19, y las interminables cuarentenas que se establecieron en muchos países para mitigar su propagación, sobre la salud mental de la población y otros factores de riesgo para la conducta suicida, tales como el aislamiento, el desempleo o la pobreza. Se pronosticaban picos en los índices de suicidios y hasta en muchos medios se los anunciaba como hechos consumados tomando como base datos parciales o incompletos. Se decía que junto a la pandemia de coronavirus ocurriría una pandemia de suicidios. Y no eran solo periodistas mal informados o demasiado entusiasmados por lograr un titular llamativo los que hacían estos anuncios. Escuchamos a profesionales e incluso científicos esgrimiendo pronósticos similares. Y sin embargo no ocurrió. Aunque las estadísticas sobre suicidio suelen ser lentas en muchos países del mundo, los primeros estudios muestran que las tasas de suicidio durante los primeros meses de la pandemia no solo no crecieron sino que en algunos casos bajaron. Citamos aquí un estudio publicado por Intramed. Sin embargo, este dato, para muchos desconcertante, plantea nuevos interrogantes: Los factores de riesgo de la conducta suicida antes mencionados efectivamente aumentaron. Más personas sufrieron aislamiento, pérdida del poder adquisitivo, desempleo e incluso angustia por la muerte de seres queridos a causa de la pandemia. También se registraron aumentos en la cantidad y gravedad de varios trastornos mentales como la depresión y la ansiedad. ¿Qué pasó entonces? La epidemiología nos dice que si los factores de riesgo del suicidio aumentan, también deberían aumentar los casos de suicidio. A no ser que el aumento de los factores de riesgo se vea compensado por un aumento en los factores protectores de la conducta suicida. Algo de esto da a entender el citado estudio. Mucho se habló de los efectos negativos de la pandemia, pero también hubo efectos positivos que sería bueno preservar en la medida de que esto fuera posible. Una situación inédita para la humanidad, ampliamente difundida por la prensa, que se presentaba como una amenaza para la vida de todas las personas, un enemigo invisible del que todos sabíamos y con el que solo se podía luchar desde el esfuerzo comunitario. Sin duda esta circunstancia generó mucho miedo en las personas, pero también generó una cohesión social sin precedentes. Tal vez por primera vez, toda la humanidad se mostró unida por una causa común. En algunos casos la pandemia sacó lo peor de nosotros, pero en muchos más mostró lo mejor. Nuestros valores o lo que consideramos importante se acomodó y se situó al cuidado de la vida en la cima de nuestras prioridades. La pandemia pasará, no hay dudas. Con el tiempo asumiremos nuestras pérdidas y seguiremos adelante, porque así es la vida. Pero qué bueno sería que algo de esa confraternidad universal pudiera rescatarse para tiempos más normales. Deberíamos trabajar en ello, porque el suicidio sigue siendo un enemigo más peligroso que el Covid19. Si tomamos un periodo más largo, por ejemplo 10 años, las muertes por suicidio superan ampliamente a las de Covid19. Además, la pandemia de suicidios está lejos de terminar. El análisis de lo ocurrido durante la pandemia demuestra una vez más que el suicidio es un problema social, que un importante factor de riesgo del suicidio es la pérdida del sentido de pertenencia a la comunidad y que la promoción de causas comunes que incluyan a las personas afectadas por pensamientos suicidas es un antídoto eficaz. Por eso, desde Hablemos de Suicidio, una ONG nacida en post-pandemia, confiamos en que los grupos de ayuda mutua son un camino propicio para preservar los valores de la fraternidad y la defensa de la vida. Ver también: Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas

  • Suicidio asistido: Si o no

    La eutanasia, el suicidio asistido y otras regulaciones para la “muerte digna” han sido aprobadas en algunos países en las últimas décadas. Los criterios son diferentes bajo distintas legislaciones. Algunos países permiten ayudar a morir solo a enfermos terminales, en otros el derecho a terminar con la propia vida (incluso en ausencia de enfermedad) está consagrado por la ley y la jurisprudencia; y en algunos, como el nuestro, las expresiones “eutanasia” o “suicidio asistido” siguen resultando demasiado incómodas, pero se aprobaron leyes de “muerte digna” que permiten a los pacientes o a sus familiares renunciar a los tratamientos o a los sistemas de apoyo vital en determinadas circunstancias. No es intención de esta nota fijar una posición respecto a estas legislaciones u otras que seguramente se aprobarán en el futuro, sino mostrar que el debate está instalado a nivel mundial y reflexionar sobre la postura que deberíamos adoptar quienes nos dedicamos a la prevención del suicidio; si es que deberíamos adoptar alguna. Como vemos, el asunto es mucho más complejo que estar a favor o en contra. Hay muchos detalles importantes: en qué circunstancias, cómo, cuándo, etc. Cada persona tendrá su propia opinión sobre cada uno de estos puntos. Y para quienes ya pasamos por la experiencia de acompañar a un ser querido que nos dejó después de un largo sufrimiento, seguramente, esa historia personal incidirá fuertemente en nuestra postura. La cuestión que importa para nosotros es si una postura favorable, en cualquier grado, es compatible con las acciones comunitarias para la prevención del suicidio. A primera vista pareciera que no. ¿Cómo se podría estar a favor del suicidio asistido y al mismo tiempo trabajar para la prevención del suicidio? Sin embargo, en un tema tan complejo, lo uno no es necesariamente contrario a lo otro.: Por empezar, la mayoría de las acciones para prevenir el suicidio, tanto profesionales como comunitarias, no están destinadas a impedir coercitivamente que las personas que quieren suicidarse lo hagan, sino que buscan que esas mismas personas nunca lleguen a querer suicidarse o, si lo hacen, recuperen sus sentido de la vida y sus ganas de vivir (ver Prevención Comunitaria de la Conducta Suicida). Todas estas acciones siguen siendo válidas, sea el suicidio legal o no. Además, aún en los pocos casos en que la acción para prevenir el suicidio implique el bloqueo de un plan suicida. Esto solo puede hacerse por un tiempo limitado. En la mayoría de los casos el afectado por pensamientos suicidas volverá a tomar el control de su vida y lo único que podrá detenerlo es que él mismo le haya podido encontrar sentido a su propia vida. Nuevamente, estas acciones son las mismas tanto en países con suicidio asistido legalizado como en aquellos en los que no lo está. En realidad, como vemos, el hecho de que el suicidio asistido esté legalizado no cambia en mucho la naturaleza de las acciones para la prevención del suicidio. En realidad, al tratarse de un trámite legal, incluso podría generar la oportunidad para que se hable del tema y actúen las personas o profesionales que podrían revertir la decisión. Oportunidad que muchas veces no se presenta cuando el suicida actúa impulsivamente. En resumen. No queremos emitir mi opinión sobre la eutanasia, el suicidio asistido o la muerte digna porque es un tema legal sobre el cual cada uno puede tener la suya propia y, cómo ocurre en otras cuestiones legales, los legisladores en representación de los ciudadanos tomarán las decisiones que crean apropiadas. Pero, además, porque esa discusión en nada afecta la otra discusión más amplia que nos ocupa: ¿Qué estamos haciendo como sociedad para que tantas personas que no le encuentran sentido ni propósito a sus vidas puedan hacerlo? O para que tanto sufrimiento escondido bajo un mandato social que nos prohíbe hablar de los pensamientos suicidas o de los padecimientos emocionales finalmente salga a la luz y así nos podamos ocupar de quienes necesitan nuestra escucha y nuestra contención. La cuestión de la eutanasia y el suicido asistido es un debate que deberá darse, pero no servir de distractor para quienes estamos ocupados en la prevención del suicidio. Es mucho lo que aún se puede hacer para que las personas elijan seguir viviendo, independientemente de que el suicidio sea legal o no. Ver también: Informe de la BBC Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio

  • Romper el hechizo

    Escribo para romper el hechizo. (Necesito soltar todo lo viejo que hay escrito en mi cuerpo, en mi mente, en mi corazón y en mi alma. Resetear la programación con la que fui criada, reprogramarme para vivir en abundancia y bienestar. Confiar, amar, sentir que la vida tiene un propósito para mí, que hay un plan más grande que el que acatan mis creencias). Hablar de suicidio es mucho más que contar un hecho dramático, es un entretejido de gente, circunstancias, creencias, mandatos, contexto social, emociones, pensamientos, y consecuencias que hacen que eso ocurra o se intente. Es un sistema familiar/social en el que todos tienen roles asignados. Algunos tienen más herramientas que otros para trabajar en sus destinos, nada está bien o está mal, todo tiene un sentido y es parte de nuestro paso por este camino que transitamos sin manual de instrucciones. Aferrarse a la vida no siempre es sencillo, incluso creo que es más difícil que morir. Ninguno de nosotros sabe que hay del otro lado, algunos intentamos morir para no tener que hacer el esfuerzo de seguir con vida. Detrás de esta decisión hay muchísimo dolor y una poderosa frase de la cual nos convencemos con todas nuestras fuerzas: “No hay otra salida”. ¿Cuál es el origen del suicidio? Podría ser la necesidad imperiosa de no existir, la enorme angustia de sentirse en un mundo que no escucha, que no ve, que no siente, podría decirlo más precisamente desde la perspectiva de una persona con ideación suicida: un mundo que no “me” escucha, no “me” ve, no “me” siente. Es un goteo de pensamientos continuos, minuto a minuto de: “que alguien me salve”, “que alguien me ayude a salir de aquí”, “no puedo más”, “no aguanto más”, “es demasiado para mí”, “necesito desaparecer”, “quiero irme y no volver nunca más”. Así, minuto a minuto, es un peso que empieza a llevarse en los hombros y un día estás más muerto que vivo y es entonces cuando la muerte se convierte en la única opción. La mayoría de las personas piensa que es un acto cobarde, desagradecido o incluso egoísta. No hay verdades absolutas, solo puedo decir desde mi experiencia que es como empezar a pintar una hoja con un marcador negro y completarla hasta que ya no queda ni un átomo de blanco en ella. Se va tiñendo de negatividad la vida como una especie de océano contaminado de petróleo que va matando todo lo que vive a su alrededor. Se preguntarán ¿para qué escribo todo esto? Quizás para liberarme de la culpa, de la mirada de los otros, de la vergüenza de un pasado sórdido, de aquella sensación de no ser suficiente para nadie, de la crueldad de mi autoestima que de vez en cuando me hace creer que es mejor que me borre del mapa. Escribo para poder seguir afirmando que no le hago caso a esa vocecita melancólica, atormentada por quién sabe cuántos hechos traumáticos en el desamparo de la infancia, que carga con la desolación y congoja de todos los ancestros que forman mi genoma. Trabajo todos los días para encontrar la belleza en este mundo, para conectarme con lo que me hace feliz, con lo que me da placer, con lo que me motiva, me apasiona y me llena de vitalidad. Es un atrevimiento continuo que se convirtió en hábito. Quizás para los que alguna vez intentamos quitarnos la vida, tenerla ahora entre las manos es un acto de ternura, bondad, autocompasión, fuerza de voluntad, nobleza y por qué no de autovaloración y merecimiento. Tengo la certeza de que es más urgente que me ocupe de vivir, de disfrutar de cada una de las oportunidades que hay en este plano, entregándome a lo incierto, venciendo la ansiedad de tener el control de lo que pasará, dejándome tomar por la espalda por el asombro, permitiendo que la alegría tenga lugar en mis rutinas. Sabiendo que es posible que mi existencia sea útil para otros, que mi humanidad alivie algún corazón herido como el mío, que en esa ayuda mutua algo se transforme en cada persona con la que mi corazón late sincrónicamente. He aprendido en todo este tiempo, después de muchos años de búsqueda irrefrenable, que todos y cada uno de los seres que participaron en mi historia fueron necesarios para que yo sea esta que soy hoy. Quizás la vida me siga presentando dificultades que deberé sobrepasar, quizás haya adversidades y circunstancias absolutamente impenetrables, quizás hechos que no podré cambiar y situaciones que me parecerán injustas. Mi misión es saber disolver el caos, mirar con ojos de aceptación, resolver lo que esté a mi alcance y rendirme a lo inevitable. Dejar de hacer fuerza para que las cosas sean como quiero, como las imagino o como creo que merezco. La soberbia de creer que soy víctima de mi destino es una manera de mirar la vida que se torna un capricho, que lastima tanto a mi propia persona como a los que son parte de mis días. Estoy aquí para servir, para comprender, para acompañar, para abrir mi alma a que viva sin rencores, sin deudas pendientes, sin castigos que llevar en mis hombros, ni karma que me apegue al pasado, ni condene mi futuro. No soy mis circunstancias, ellas son sólo un pasaje en mi camino, son un puente para que decida de otra manera que la aprendida, que no me parezca a nadie, ni que cargue con dolores ajenos. Disolver la neblina de aquello que no me pertenece. Dejar a los muertos en su lugar y no serles leal para irme con ellos. Estoy viva y así elijo quedarme, cada vez con más vivacidad y fortaleza, con el coraje de alguien que luchó contra los dragones del infierno. Todos tenemos esa fuerza arrolladora que nos rescata del abismo. Esa luz que se enciende para guiarnos en la oscuridad, esa energía motivadora que nos susurra al oído y nos dice: - ¡Vamos vos podés! Escuchar es uno de los pasos a tomar. Contemplar este paraíso con los ojos del amor. ¡Que así sea! Hay amor en tu corazón. ¡El amor es la respuesta! ¡Gracias por leerme! Ver también: Dejanos tu testimonio de superación en relación al Suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio

  • El elefante encadenado

    Existe una controversia entre quienes trabajamos en la asistencia a personas en crisis o con pensamientos suicidas. Por un lado nuestra tarea consiste en animar a las personas a mejorar sus vidas, por otro sabemos que la depresión, las adicciones y otros trastornos del ánimo pueden llegar a vencer cualquier intento de seguir adelante y a doblegar la voluntad de las personas. Con voluntarismo no alcanza, eso está claro. Algunas personas, en determinadas circunstancias, sencillamente no tienen fuerzas para continuar luchando con lo que les pasa. Frente a estas situaciones se nos plantea un dilema: ¿Qué debemos hacer? ¿Seguir insistiendo con un cambio que tal vez lleve a la frustración u ofrecer solo palabras de consuelo esperando que algún día el consultante recupere sus fuerzas para seguir adelante? Esa decisión es muy personal, cada voluntario hace en cada circunstancia lo que cree que será lo mejor para el consultante. En mi caso particular reconozco que tengo una tendencia a confiar en las capacidades y fortalezas ocultas de las personas, y esto tal vez se relacione con mi historia personal. Cuando yo era chico sufría un trastorno del espectro autista. Aún lo tengo, porque el autismo es incurable; digo “sufría” porque ya no lo sufro como entonces. El autismo es un trastorno neuronal, no se arregla con voluntarismo, eso también está claro, pero yo pude, de algún modo, superar varias de las limitaciones que me imponía el autismo y llevar una vida satisfactoria. Luego contaré cómo lo hice, antes quisiera compartir una historia que escuché hace tiempo y que de algún modo relaciono con la mía. Cuentan que el dueño de un circo le mostraba las instalaciones a un visitante. El visitante sorprendido preguntó: “¿No tienen miedo de que el elefante se escape?” A lo que el dueño del circo respondió despreocupado: “No, está atado”. Pero el visitante insistió: “Esa cadena tan delgada apenas podría detener a un perro de mediano tamaño y está atada a una estaca que el elefante podría arrancar con solo moverse”. Entonces el dueño del circo explicó: “No tiene que ver con las fuerzas del elefante, pasó toda su vida encadenado, desde que era tan pequeño que no podía romper la cadena ni arrancar la estaca, ahora ya aprendió que no se puede escapar”. Volviendo a mi historia: Cuando era chico mi trastorno me impedía relacionarme con otros chicos, vivía asustado o literalmente escondido, mi rendimiento en la escuela era pésimo, mis padres ya habían aceptado que tenían un hijo “tonto” y lo decían abiertamente, yo también había aceptado que era tonto por lo que no esperaba mucho de la vida. En esa época no se diagnosticaba ni se trataba el autismo por lo que mis esperanzas de mejorar eran objetivamente pocas, pero cuando tenía 10 años sucedió un evento inesperado que lo cambió todo: Mi maestra se agachó para estar a mi altura, me miró a los ojos y me dijo: “Yo sé que vos podés mucho más”, y lo dijo con tal convicción que le creí. Ese año pasé de ser el peor alumno de la clase a ser uno de los mejores, mis notas siguieron mejorando y me gradué en la universidad con el segundo mejor promedio de mi promoción. También aprendí a hacer amigos, armé una familia y trabajo en lo que me gusta. No fue un sendero fácil ni libre de escollos, en el camino murió mi madre a causa de suicidio (el autismo es hereditario y a juzgar por su personalidad creo que ella también era autista) y yo atravesé situaciones en las que tuve pensamientos suicidas (en algún lado leí que los autistas se suicidan con mucha más frecuencia que el resto de la población debido al aislamiento social en el que muchos viven). Desde hace varios años trabajo como voluntario en asociaciones para la prevención del suicidio haciendo difusión y asistencia a personas en crisis. Sé que hay situaciones en que los consultantes tal vez no tengan fuerzas para seguir adelante o mejorar sus vidas, pero cada vez que me encuentro con uno de esos casos pienso en ese elefante encadenado al que le hicieron creer que no tenía fuerzas para ser libre. Tal vez no sea el caso, tal vez realmente no puedan, pero no seré yo quien se los diga.

  • También en Prevención del Suicidio: “Nada sobre nosotros sin nosotros”

    La frase fue usada como lema por movimientos en defensa de los derechos de personas con discapacidad, comunidades de autistas, neuro-divergentes y otros grupos minoritarios. Significa que no se deberían diseñar políticas públicas sin la participación activa y directa de quienes serán los destinatarios de dichas políticas. Esto que parece una condición lógica, con demasiada frecuencia no se tiene en cuenta y, de este modo, también se ignoran las reales necesidades de estos grupos. Por eso es importante el rol de las asociaciones civiles que, de algún modo, ejercen la representación de las personas desfavorecidas por alguna condición para que sus opiniones sean tomadas en cuenta. Algunos de estos grupos lo están consiguiendo y otros aún no. Para citar un ejemplo que además nos atañe podemos ver lo qué pasa con las políticas públicas para la prevención del suicidio. Sabemos que a pesar de que la conducta suicida es una importante causa de muerte, con una incidencia comparable a la de la inseguridad o los accidentes de tránsito, casi no existen políticas públicas ni se destinan recursos para la prevención del suicidio, pero si para prevenir el delito o los accidentes de tránsito. Esta diferencia no es casual. Las víctimas de la inseguridad o de los accidentes de tránsito están muy bien representadas por asociaciones que defienden sus derechos y sus causas. Si bien existen asociaciones para la prevención del suicidio, en general, sus miembros no son afectados por el drama del suicidio o no se muestran como tales. El estigma que pesa sobre la cuestión del suicidio es de tal dimensión que incluso puertas adentro de las asociaciones para la prevención del suicidio somos pocos los que nos reconocemos como afectados. Y quienes sí lo hacemos casi nunca nos vemos como víctimas de una causa externa que debería haberse prevenido, por lo que no reclamamos políticas públicas específicas para la prevención del suicidio. Por eso, la propuesta de Hablemos de Suicidio ONG puede representar un cambio en esta situación de ocultamiento y renuncia a la escena pública que se traduce en políticas públicas para la prevención del suicidio escasas e ineficientes. El primer paso es que todos los que nos sentimos afectados por el drama del suicidio tengamos un lugar donde reunirnos y hablar de lo que nos pasa, lo siguiente es sacarnos todas esas culpas que nos metieron y que nos dicen que hay algo mal en nosotros o que somos los únicos responsables de lo que nos pasa o nos pasó. El suicidio es un problema social, tenemos que reconocerlo primero nosotros desde nuestras propias historias para luego gritarlo al mundo. Solo desde ese lugar de convicción y empoderamiento podremos reclamar políticas públicas eficientes para la prevención del suicidio como, por ejemplo: más contenidos de educación emocional, tratamiento serio del bullying y el ciber-bulying, asistencia psicológica accesible para jóvenes y adultos, un sistema de salud mental más eficiente e inclusivo, programas específicos para personas afectadas por factores de riesgo como alcoholismo, adicciones, dependencia emocional, violencia familiar, etc. Las personas afectadas por el drama del suicidio en algún momento de nuestras vidas fuimos dejadas a un lado por la comunidad que nos debió cuidar. Eso tiene que cambiar en un futuro, pero el primer paso es que nosotros mismos como afectados tomemos consciencia del problema y nos organicemos para aportar y reclamar soluciones. Recién entonces podremos decir “Nada sobre nosotros sin nosotros”. Ver también: Prevención Comunitaria del Suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG

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