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El elefante encadenado


Existe una controversia entre quienes trabajamos en la asistencia a personas en crisis o con pensamientos suicidas. Por un lado nuestra tarea consiste en animar a las personas a mejorar sus vidas, por otro sabemos que la depresión, las adicciones y otros trastornos del ánimo pueden llegar a vencer cualquier intento de seguir adelante y a doblegar la voluntad de las personas. Con voluntarismo no alcanza, eso está claro. Algunas personas, en determinadas circunstancias, sencillamente no tienen fuerzas para continuar luchando con lo que les pasa. Frente a estas situaciones se nos plantea un dilema: ¿Qué debemos hacer? ¿Seguir insistiendo con un cambio que tal vez lleve a la frustración u ofrecer solo palabras de consuelo esperando que algún día el consultante recupere sus fuerzas para seguir adelante? Esa decisión es muy personal, cada voluntario hace en cada circunstancia lo que cree que será lo mejor para el consultante. En mi caso particular reconozco que tengo una tendencia a confiar en las capacidades y fortalezas ocultas de las personas, y esto tal vez se relacione con mi historia personal.


Cuando yo era chico sufría un trastorno del espectro autista. Aún lo tengo, porque el autismo es incurable; digo “sufría” porque ya no lo sufro como entonces. El autismo es un trastorno neuronal, no se arregla con voluntarismo, eso también está claro, pero yo pude, de algún modo, superar varias de las limitaciones que me imponía el autismo y llevar una vida satisfactoria. Luego contaré cómo lo hice, antes quisiera compartir una historia que escuché hace tiempo y que de algún modo relaciono con la mía.


Cuentan que el dueño de un circo le mostraba las instalaciones a un visitante. El visitante sorprendido preguntó: “¿No tienen miedo de que el elefante se escape?” A lo que el dueño del circo respondió despreocupado: “No, está atado”. Pero el visitante insistió: “Esa cadena tan delgada apenas podría detener a un perro de mediano tamaño y está atada a una estaca que el elefante podría arrancar con solo moverse”. Entonces el dueño del circo explicó: “No tiene que ver con las fuerzas del elefante, pasó toda su vida encadenado, desde que era tan pequeño que no podía romper la cadena ni arrancar la estaca, ahora ya aprendió que no se puede escapar”.


Volviendo a mi historia: Cuando era chico mi trastorno me impedía relacionarme con otros chicos, vivía asustado o literalmente escondido, mi rendimiento en la escuela era pésimo, mis padres ya habían aceptado que tenían un hijo “tonto” y lo decían abiertamente, yo también había aceptado que era tonto por lo que no esperaba mucho de la vida. En esa época no se diagnosticaba ni se trataba el autismo por lo que mis esperanzas de mejorar eran objetivamente pocas, pero cuando tenía 10 años sucedió un evento inesperado que lo cambió todo: Mi maestra se agachó para estar a mi altura, me miró a los ojos y me dijo: “Yo sé que vos podés mucho más”, y lo dijo con tal convicción que le creí. Ese año pasé de ser el peor alumno de la clase a ser uno de los mejores, mis notas siguieron mejorando y me gradué en la universidad con el segundo mejor promedio de mi promoción. También aprendí a hacer amigos, armé una familia y trabajo en lo que me gusta.


No fue un sendero fácil ni libre de escollos, en el camino murió mi madre a causa de suicidio (el autismo es hereditario y a juzgar por su personalidad creo que ella también era autista) y yo atravesé situaciones en las que tuve pensamientos suicidas (en algún lado leí que los autistas se suicidan con mucha más frecuencia que el resto de la población debido al aislamiento social en el que muchos viven).


Desde hace varios años trabajo como voluntario en asociaciones para la prevención del suicidio haciendo difusión y asistencia a personas en crisis. Sé que hay situaciones en que los consultantes tal vez no tengan fuerzas para seguir adelante o mejorar sus vidas, pero cada vez que me encuentro con uno de esos casos pienso en ese elefante encadenado al que le hicieron creer que no tenía fuerzas para ser libre. Tal vez no sea el caso, tal vez realmente no puedan, pero no seré yo quien se los diga.


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