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La importancia de aceptarse a una misma para prevenir el suicidio


Mi infancia no fue tan fácil. No fui una hija deseada. Nací por accidente, diría mi madre. No supe que vivía con mi padre adoptivo hasta mis trece años cuando mi mamá me contó que había quedado embarazada de una relación casual a sus veinte años.


Siempre tuve conflictos con mi madre. Es una persona fría que muchas veces actuó en forma cruel. Todavía a veces lo hace, sólo que ahora su intensidad disminuyó por la edad. Su madre era así también con ella, según sus constantes anécdotas familiares.


Mi padre biológico resultó ser un conocido pero nunca nos acercamos como padre e hija.

Siempre fui una nena callada y sumisa. Hacía lo que se esperaba de mí y me refugiaba en la lectura. En la adolescencia las cosas empeoraron porque mi mamá descargaba sus problemas conmigo. Creo que ella nunca dejó de ser adolescente, aún actúa buscando aceptación y comportándose de forma infantil.


En mi adolescencia descubrí mi homosexualidad, pero me casé a los veinte años porque eso era lo que se esperaba de mí. Nació mi único hijo y me divorcié, ya asumiendo mi sexualidad, pero él intentó quitarme la tenencia por mi condición en un juicio que duró cuatro años. Mi familia siempre miró desde afuera lo que me sucedía. La jueza dictaminó a mi favor porque no había modo de comprobar mi homosexualidad. Obviamente, mi abogada me había aconsejado que lo negara porque los jueces podían tener prejuicios. Estoy hablando de algo que sucedió hace 30 años.


Lamentablemente tuve que vivir en el mismo espacio que mi madre por cuestiones económicas. Así que sus constantes agresiones y su forma de tratarme son algo diario.

Mi hijo creció y se fue a vivir a su propia casa. Yo tuve que quedarme porque el dinero no me alcanza para alquilar algo siquiera. Tuve una sola pareja después de mi divorcio pero se terminó después de siete años ya hace mucho tiempo.


Mi crisis emocional coincidió con la mudanza de mi hijo. El nido vacío. Allá por el año 2014 fui a consultar a un neurólogo por desánimo y cansancio generado, quizás por conflictos laborales y familiares. Después de una breve conversación con el médico me "diagnosticó" depresión. También comenzó a recetarme medicamentos antidepresivos que hacía preparar en una farmacia de la Ciudad de Buenos Aires. En esas cápsulas también incluía Isoflavona, ya que por entonces iniciaba mis síntomas de pre-menopausia, (tengo 56 años) y otro producto que, según decía él, era para retardar el envejecimiento.


Mi situación no mejoraba. En realidad empeoró. No podía dormir, así que me recetó algo para conciliar el sueño. Pero como no lograba mantenerme sin cansancio durante el día y yo trabajaba dos turnos, me recetó algo más para mantenerme activa. En 2015 comencé a tener desórdenes del sueño y pesadillas. Era incapaz de tener ánimo para trabajar, así que me dieron tareas livianas en la escuela. Dejé de estar frente a los alumnos. Soy docente a tiempo completo. Debo decir que estar ocho horas con colegas en un espacio reducido sin la alegría de mis alumnos no era lo ideal.


Ese año el neurólogo que me atendía tuvo un problema familiar grave, paradójicamente uno de sus hijos se suicidó. Dejó de atenderme y tuve que acudir a una psiquiatra para que siguiera con mi tratamiento. La médica en cuestión no hizo más que transcribir en un recetario la misma medicación que ya tenía pero agregándole además Fluoxetina para nivelar mi ánimo. Fue entonces que comenzaron los pensamientos suicidas, cada vez más seguidos, cada vez peor. No podía levantarme, no comía, no podía ir a trabajar, tenía taquicardia y pesadillas. Quería que todo eso se terminara de una vez. Tengo dos gatitas y pensaba que tenía que "irme" con ellas porque nadie las iba a cuidar cuando yo no estuviera. Son muy asustadizas.

Pensé en abrir las llaves de gas ya que en invierno ellas duermen dentro de la casa.

Una noche llegué a escribirle una carta a mi hijo, que nunca le entregué, para despedirme.


A fines del 2016, un día me di cuenta de que tenía que hacer algo porque a mi alrededor nadie notaba lo que me sucedía. En mi infierno sabía que tenía que hacer algo con la situación. A la mañana siguiente después de tomarme más de un comprimido y viendo que estaba en un estado límite llamé por teléfono para sacar un turno con otro psiquiatra, y me atendió al otro día. El nuevo psiquiatra me sacó la medicación para dormir y para mantenerme activa, me cambió el antidepresivo por Sertralina y me dijo que debía hacer tratamiento psicológico para acompañar la medicación.


Hice terapia psicológica, la misma psicóloga se asombró por la cantidad de medicación que había estado tomando. Ese verano me fui de vacaciones con mi hijo, lo peor había pasado.

La terapia me ayudó a ver a las personas y las cosas de otra manera; a aceptarme y a aceptar a los demás; a comprender y a poner distancia emocional de quienes sólo lastiman porque fueron lastimados, como mi madre, de la ignorancia, como mi ex esposo, o como el común de la gente que sólo discrimina y creen ser tan sanos; a aceptar que nadie es perfecto; y a elegir atender los conflictos sin desatender mi paz.


Nunca más volví a sentirme mal ni a tener esos pensamientos horribles o esas pesadillas cuando lograba dormirme. A veces es necesario aceptarnos a nosotros mismos, amarnos a nosotros mismos. Elegir la luz, la paz. Mi modo es a través del arte, de la música, es otorgarme cada día espacios para la relajación sin dejar de vivir en el mundo real.


Hoy por hoy evalúo si los que no nos acomodamos al mundo realmente estamos mal o si quizás solo nos tenemos que darnos a nosotros mismos espacios de liberación emocional, haciendo cosas que nos enciendan, otorgándonos la paz que este mundo parece querer arrebatarnos cada día.


Nunca hasta ahora había podido contar toda mi odisea excepto a la psicóloga. Agradezco enormemente la oportunidad de poder contarlo.

 


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