Suicidio ONG
Un lugar de encuentro para personas afectadas por el drama del Suicidio
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- Volver a empezar después del suicidio de un hijo
Eran las 13:45 hs. del 3 de enero de 2024. Terminaba un día más en mi trabajo. Este año, como pocos, lo había empezado demasiado bien: con salud y brindando por un futuro mejor. Sin embargo un WhatsApp escueto que decía "... Lucas no está más..." cambiaría mi vida para siempre. Mi hijo mayor, de 26 años, había sido hallado por su madre que retornaba a Mendoza luego de pasar las Fiestas en Entre Ríos. La peor decisión se empezaba a descubrir. El tsunami arrasador e impiadoso tomaba formas dantescas, la bomba atómica psíquica apenas explotaba. Me derrumbé y nada en mi reaccionaba. Era un simple saco de carne y huesos expuesto a lo más doloroso. El suicidio se llevó abrazos no dados, conversaciones que jamás sucederán, nietos que no disfrutaré y plantó un silencio enorme , infinito. El 10 habría cumplido sus 27 años. Me costo muchísimo pasar esa fecha "¿Qué hago?" era la pregunta. Él ya se fue, pero los que quedamos debemos seguir, con el corazón desgarrado, con el alma despedazada por millones de esquirlas que esta alma nunca pensó le provocarían esos dolores que hasta ese momento desconocía. Dolores del alma, una experiencia única y tremenda que no se la deseo a nadie. Pasó casi un mes y aquí, en Hablemos pude sentirme contenido, escuchado, NO JUZGADO, y de a poco, paso a paso, voy ayudando y ayudándome a sanar. Aprendiendo otra vez a disfrutar de la vida, a disfrutar de los que siguen en este plano. A perdonarme y perdonar y a darle un sentido a la pérdida de Lucas, quien no pudo con su angustia ni su dolor. Hoy te abrazo hijo y deseo que donde estés puedas sentirte en paz. Ver también: Asistencia Primaria en caso de Duelo por Suicidio Homenaje a Nuestros Seres Queridos fallecidos a causa de Suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio
- ¿Cómo hablar sobre el tema del suicidio?
Cuando surge la oportunidad, o la necesidad, de hablar sobre el tema del suicidio con un familiar, amigo o allegado, por ejemplo cuando un conocido nos confiesa que tiene pensamientos suicidas, fantasías de muerte o lo deja entrever en su discurso, muchas personas se sienten incómodas o inseguras, temen que lo que puedan decir empeore la situación o no estar preparadas para seguir esa conversación. Sin embargo, hablar del suicidio en esas circunstancias puede ser de vital importancia para nuestro interlocutor. Por eso, en este artículo sugerimos algunas pautas básicas que pueden ayudarnos: 1- Dejar nuestros temores a un lado: Lo primero que tenemos que saber es que hablar del suicidio en forma responsable siempre ayuda. Solo es necesario respetar las pocas pautas básicas que mencionamos aquí. La persona que nos pide ayuda solo espera sentirse escuchada. Luego será el turno de buscar otros recursos pero, en medio de la crisis, la escucha de un conocido o allegado, aunque no tenga preparación específica, siempre es bienvenida y puede incluso ser el primer y fundamental paso en un proceso de recuperación. 2- Elegir el momento y el lugar adecuado: Es importante, para que nuestra intervención sea efectiva, que nuestro interlocutor se sienta cómodo y que nosotros también podamos hablar relajados. Si el pedido de ayuda ocurre en un momento o lugar inadecuado, por ejemplo en un lugar público o en un momento en que nosotros o nuestro interlocutor estamos ocupados, bastará con explicar que lo que dice nos preocupa por lo que queremos hablar con él o ella en un momento y lugar más propicio. Si es posible, sería bueno acordar ahí mismo dónde y cuándo continuar esa charla. Los pedidos de ayuda como los que mencionamos al principio casi nunca representan emergencias, a no ser que se acompañen con otras señales. En caso de que estas señales estén presentes, la estrategia deberá ser diferente: Ver Asistencia Primaria en caso de Emergencia por Riesgo de Suicidio 3- Ser directo y asertivo: Es importante despejar todas las ambigüedades. Por ejemplo: si nuestro interlocutor no es claro en cuanto a sus pensamientos podemos preguntar: “¿qué quisiste decir con eso?” o más directo aún “¿Entendí bien?, ¿Estás teniendo pensamientos suicidas?”. También debe quedar clara nuestra intención de escuchar, acompañar y ayudar en lo que podamos. Los diálogos demasiado ambiguos solo conducen a malos entendidos de ambos lados y podrían acentuar la percepción tan común entre quienes tienen pensamientos suicidas de que a nadie le importa lo que están sintiendo. 4- Hacernos cargo de la situación: Muchas veces, al darnos cuenta que un ser querido o un allegado podría estar en riesgo de suicidio, nuestras ganas de ayudar nos llevan a dar consejos apresurados como: “No pienses esas cosas”, “Valorá todo lo que tenés”, “Andá a ver a un psicólogo”, o cosas por el estilo. Nadie duda de las buenas intenciones de estas u otras recomendaciones, pero desde el lado de la persona con pensamientos suicidas suele interpretarse como: “No quiero escuchar lo que te pasa”. Recordemos que una persona en tal situación no necesita consejos sino sentir que alguien la escucha y le importa lo que le pasa o lo que siente. 5- Escuchar activamente: La escucha activa es la mejor manera de que el otro se sienta escuchado. Como su nombre lo indica, no consiste en simplemente quedarnos en silencio y escuchar sino en intervenir invitando a nuestro interlocutor a seguir hablando mediante preguntas abiertas, validación de sus sentimientos y valoración de sus fortalezas. Ver: Escucha Activa en temas relacionados con el Suicidio 6- Evitar juicios o críticas: La persona que nos confía algo tan íntimo como sus pensamientos suicidas o fantasías de muerte lo que menos necesita es ser juzgado o criticado por lo que siente, piensa o hace. Aún cuando nuestra intención fuera que él o ella cambie su actitud, las críticas o enjuiciamientos producirán el efecto contrario: una postura defensiva y la ruptura de la confianza mutua necesaria para poder hablar sobre este tema. Ver Evitar Consejos y Críticas en la Escucha Activa 7- Ofrecer y brindar acompañamiento: Sentirse escuchado y contenido puede ser de vital importancia para una persona con pensamientos suicidas, sin embargo, sería ingenuo pensar que por solo hablar de lo que siente y lo que le pasa sus pensamientos suicidas o fantasías de muerte mágicamente desaparecerán. Tampoco suele ser conveniente adoptar una actitud de vigilancia o persecución, pero siempre es bueno para una persona con pensamientos suicidas saber que no está sola en el mundo y que, eventualmente, si necesita hablar, habrá alguien dispuesto a escuchar y acompañar, sin juzgar ni criticar. Muchas veces, la simple presencia o una pregunta casual logran el milagro de que el otro se sienta contenido. Ver también: Escucha Activa en temas relacionados con el Suicidio Prevención Comunitaria del Suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio
- Sanar la Dependencia Emocional para prevenir el Suicidio
Hola! quiero contar mi testimonio sobre cómo fue mi paso por el suicidio (que gracias a Dios no fue). Pasé por una infancia complicada y poco feliz. Madre violenta, que descargaba sus frustraciones en mí, y un padre que no era malo, solo sé, lo que me contaron de él (mujeriego, alcohólico, violento, etc.). Mucho no recuerdo de todo eso. Tras la separación de ellos, incluida la distancia de más de 1000 km, entre ambos padres, a mis 8 años, mi madre nos trajo a vivir a Buenos Aires. Saltamos de casa en casa, de padrastros en padrastros, de escuela en escuela (incluyendo escuelas hogar). Al llegar a la adolescencia, a mis 17 años me enamoré perdidamente de un muchacho de la escuela secundaria, fue una relación buena al principio pero un poco turbia en lo implícito según recuerdo. Al cabo de 2 años la relación ya no daba para más. Tras realizar un aborto de esa relación, mi mundo interno fue de mal en peor, ya que él se ausentaba por varios días sin dar señales de vida y al volver a estar juntos inventaba historias muy extrañas. Pero lo amaba tanto que le creía. De tanto ir y venir en esa relación muy tóxica, mi mundo se oscurecía cada vez más... Yo trabajaba, estudiaba y vivía sola... Y en esos períodos de soledad, la ausencia de la persona que amaba más que a mí misma, era tan insoportable, era tanto dolor que sentía dentro de mí, que en la medida que pasaban los días sin verlo causaban dentro de mí un abismo, un hueco tan profundo, que asaltaban en mi mente "esos pensamientos"... ese abismo dentro de mí... ese hueco sin fin... provocaban que la vida no tuviera sentido para mí... TODO ERA DOLOR EN MÍ... dolor INSOPORTABLE!!! Dolor que quería que desapareciera... Hubo dos ocasiones en que intenté quitarme la vida...una de esas noches en que esperaba que él viniera, y no llegaba, veía a través de la ventana del baño hacia la cuadra por donde llegaba cualquier persona que bajara del colectivo y viniera hacia mi casa... y pasaban las horas y nada... y cuando sabía que él ya no vendría rompía en llanto, colapsaba mi alma y solo quería morir.....esa noche hice un intento, y justo entonces... entra al baño Diana, mi perra, una ovejero alemán que le había regalado a él, pero la dejó en mi casa. Mi perra se sienta a mi lado, me mira con esos ojos que te hablan... yo apenas con vos débil le dije: perdón Diana, ya no puedo más... y la miré a los ojos y la vi lagrimear...sí, vi lágrimas en sus ojos y escuchaba sus quejidos... lamió mi cara y la abracé.... me levanté del piso de la bañera y dormí con ella esa noche... al día siguiente fui a trabajar como cada día. Mis días siguieron pesados, pero siguieron.... en aquel entonces no había celulares, ni internet, por lo tanto, la comunicación no era fácil con nadie. Varios meses después, lo intento una segunda vez, era sábado por la noche, sentía ese mismo dolor, ese mismo abismo, ese hueco gigante sin fin dentro de mí.... no sé en qué momento, ni en qué circunstancias, solo puedo recordar que escuchaba ruidos de fondo, como muy lejos, golpes en la puerta de casa, apenas recuerdo si alguien entró y me levantó... o no sé... no tengo en claro que pasó...solo sé que aparecí en un hospital. Nunca supe quien me sacó de casa ni quien entró. Luego de eso, alguien, no recuerdo quien, me habló sobre salir adelante, sobre que nadie merecía mi vida de esa manera. tiempo después visité a mis ex suegros, les conté todo, sobre el aborto, sobre la ausencia y abandono de su hijo, sobre sus mentiras o inventos, y ellos lloraban por mí. Me mostraron un amor que no conocía.. y simplemente me dijeron: "él no vale la pena.. seguí con tu vida y sé feliz". Han pasado más de 30 años de aquél incidente y agradezco tanto lo que Dios usó para que mi vida no acabara en ese tiempo, tan joven, tan indefensa, tan sola... Aferrarse a la vida requiere valentía... ¿qué hacer cuando no la tengo? confiar en alguien, no estar sola/o, clamar a Dios...porque sé que Él responde. Realmente me dí cuenta con los años que nada ni nadie vale la pena nuestra vida... Debemos y podemos valorarnos a nosotras/os mismas/os sin depender de las personas y/o de las circunstancias. En mi caso, yo era dependiente emocional de un amor no correspondido, quizá alguien haya perdido un ser querido que se fue de este mundo y eso duele mucho, pero quien tiene una razón de ser encuentra en la vida muchas razones por las cuales vivir y replantearse ¿para qué he nacido? cuál es mi propósito en este mundo? Conozco el abismo.. conozco ese dolor insoportable.. pero quiero que sepan, encontré mi razón de ser y les prometo que todo valió la pena... hoy puedo ser fuerte para mí y para otros... LA VIDA VALE LA PENA VIVIRLA!!! Ver también: Dejanos tu Testimonio de superación en relación al suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas
- Descubriendo Recursos Internos frente al Pensamiento Suicida
Los que hemos sufrido pensamientos suicidas profundos y recurrentes, sabemos que ese es un lugar desde donde es difícil salir: Uno se encuentra solo frente a un sufrimiento que parece insoportable y suele ser acompañado con la percepción de que no hay alternativas, por lo que ese sufrimiento durará para siempre, con el agravante de que solemos sentir que a nadie le importa lo que nos pasa o que nadie puede ayudarnos. Sin embargo, los que hemos sobrevivido a este padecimiento, que por suerte somos la gran mayoría entre quienes lo sufrimos, sabemos que muchas de estas percepciones son erróneas, que tenemos, y tuvimos siempre, muchos recursos propios que, bien empleados, pueden ayudarnos a salir. El simple hecho de que estemos vivos es prueba de que el pensamiento suicida puede ser superado. Aquí comparto algunos recursos que a mi o a otros sobrevivientes nos sirvieron. 1- Aceptar la realidad: Por duro que pueda parecer, siempre el primer paso para mejorar es reconocer el problema, aceptar lo que nos pasa y lo que sentimos al respecto. No importa lo grave que sea, siempre podremos cambiar aquello que se puede cambiar o aceptar aquello que no se puede cambiar. Siempre podremos modificar nuestra realidad o al menos la forma en que la vemos, pero el primer paso para el cambio es el momento actual. Reconocer nuestra situación y cómo nos sentimos al respecto. Esto es algo que todos podemos hacer. 2- Buscar ayuda: No es verdad que a nadie le importe lo que nos pasa. En este mundo hay mucho egoísmo pero también hay mucha gente de buen corazón, es solo cuestión de ponerse a buscarla. Tal vez estén más cerca de lo que pensamos y simplemente no saben lo que nos pasa porque nunca se lo contamos. Si no tenemos un familiar o amigo de confianza podemos recurrir a un profesional de la salud mental, un sacerdote o una institución donde voluntarios brindan asistencia a personas con pensamiento suicida. En nuestra web figuran algunas opciones o también está nuestro propio sistema de ayuda personal y nuestros grupos de ayuda mutua para personas con pensamientos suicidas 3- Practicar el autocuidado: Las personas que hemos pensado en el suicidio casi siempre lo hicimos en medio de una crisis de autoestima. Pasar del pensamiento suicida a una vida plena requiere cambiar radicalmente esa percepción de uno mismo. Reconocernos como seres valiosos y como tales cuidar de nosotros mismos en lo físico y en lo emocional. Practicar una alimentación saludable, realizar los chequeos o tratamientos médicos necesarios, dedicar tiempo al ocio y a actividades placenteras y especialmente, cuidar nuestro entorno social: familia, amigos o compañeros. Somos seres sociales y solo en comunidad podemos desarrollarnos plenamente y colmar nuestras vidas de sentido. 4- Explorar nuestra creatividad artística: Muchas personas afectadas por pensamientos suicidas reconocen que aún en las etapas más oscuras de su proceso de recuperación el arte fue un recurso para expresar todo eso que no podían decir y un refugio donde sentirse a salvo. Algunos escriben poesía o relatos, otros pintan, hacen esculturas o tocan música, y los que no se animan leen, contemplan o escuchan las obras de otros. El arte siempre fue un recurso invalorable para lidiar con nuestras angustias o nuestros fantasmas y algunos aún no lo han explorado. 5- Reconocer nuestra capacidad de resiliencia: Todos hemos tenido en el pasado situaciones difíciles que hemos podido superar o al menos aceptar. Esas experiencias deberían servirnos de guía y testimonio para saber que tenemos esa capacidad de reponernos frente a la adversidad. Recordarlas puede servir de apoyo interno para afrontar nuevas vicisitudes de la vida. Todos estos recursos internos que muchos pudimos reconocer en nuestros propios procesos de recuperación no invalidan otros recursos que nos puedan brindar. La ayuda profesional siempre es recomendable cuando aparecen pensamientos suicidas. Sin embargo, los que estuvimos ahí sabemos que aunque muchos nos pueden ayudar a caminar, cada paso, del primero al último, debemos darlo nosotros mismos. Reconocer y valorar nuestros recursos internos puede incentivarnos en ese camino. Ver también: Escucha Activa en temas relacionados con el Suicidio Prevención Comunitaria del Suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio
- Son realmente útiles las señales de advertencia para prevenir el suicido
En las charlas y cursos sobre cómo prevenir el suicidio se insiste con la importancia de prestar atención a las señales de advertencia que supuestamente nos permitirían detectar la presencia del pensamiento suicida en familiares o allegados, y así, de algún modo, impedir que estos pensamientos suicidas sean llevados al acto. Incluso se habla más y con mayor énfasis de la importancia de detectar estas señales que de las acciones que supuestamente seguirían luego de detectarlas. Se sigue en esto un esquema de prevención clásico como el que se podría aplicar en cualquier enfermedad: detección temprana y tratamiento adecuado. Sin embargo, el proceso suicida difiere al menos en dos cuestiones fundamentales de la progresión de una enfermedad. En primer lugar, no existe un método de diagnóstico preciso que nos permita saber si una persona tiene pensamientos suicidas a menos que lo diga, y en la mayoría de los casos no lo dicen. Por otra parte, aún cuando tengamos la certeza de que una persona tiene pensamientos suicidas, por más que nos pese, no existe un tratamiento reglado para detener un proceso suicida o para evitar un acto que siempre dependerá de la voluntad de otro. Escuchando los testimonios de supervivientes a la muerte de un ser querido a causa de suicidio encontramos ambas situaciones. La mayor parte de ellos nos cuentan que nunca pudieron identificar ningún comportamiento extraño que les permitiera sospechar que su ser querido estaba pensando en el suicidio. En algunos casos pudieron identificar estas señales pero solo evaluándolas en retrospectiva luego de que el acto suicida ocurriera; y por otro lado, los que sí pudieron detectar e identificar a tiempo señales muy claras como intentos de suicidio previos o confesiones explícitas de intenciones suicidas, no supieron cómo manejar la situación porque su ser querido se negó al tratamiento o bien porque este no fue efectivo. Vemos también que estas historias se siguen repitiendo en tiempo presente. Escuchamos a diario la frustración y la impotencia de familiares que habiendo detectado señales de advertencia no saben cómo actuar para frenar la progresión de un proceso suicida que no depende de ellos. Nos preguntamos entonces si es útil en las campañas de prevención del suicidio seguir insistiendo con la identificación temprana de señales de advertencia que en la práctica no aparecen, no son detectadas, son minimizadas, son negadas, o cuando se reconocen no se sabe qué hacer con ellas. Por otra parte, entendemos que algo hay que hacer y reconocemos que la detección temprana de señales de advertencia puede, en algunos casos, ayudar a promover entornos familiares y comunitarios más amables, donde la escucha, la contención y el acompañamiento estén más presentes. Sin embargo, si reconocemos que estos entornos familiares y comunitarios más amables son la mejor herramienta de la que disponemos, no para evitar todos los suicidios sino para que el suicidio sea menos frecuente, ¿no sería mejor, en lugar de seguir insistiendo con la detección temprana de señales de advertencia, asumir que el riesgo de suicidio siempre está presente, haya o no señales de advertencia detectables, y promover este tipo de ambientes más amables, cálidos y contenedores en todos los ámbitos? Esto es lo que intentamos hacer desde Hablemos de Suicidio. Ver también Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Prevención Comunitaria del Suicidio Escucha Activa en temas relacionados con el Suicidio
- Memorias de un sobreviviente al suicidio de un ser querido
Quienes estando en este mundo hemos llegado a tener padres, hijos, hermanos, parientes, amistades, pareja, o alguien que los quiera, no deberíamos pensar en el suicidio. Ni siquiera en esos momentos oscuros de la vida en que el amor de otras personas no nos llega, y comenzamos a dudar de que exista. En eso el amor es como el sol, no se ve en días de tormenta, pero como dice la canción: "siempre está". Mirando hacia atrás puedo reconocer que siempre amé a mi madre y que ella siempre me amó. No con ese amor edulcorado de frases bonitas, besos y abrazos, pero sí con ese otro amor rústico que se hace evidente en el cuidado. Ella siempre quiso lo mejor para nosotros, para mis hermanos y para mí; siempre hizo lo que estuvo a su alcance para evitar que sufriéramos. Entonces: ¿Por qué decidió suicidarse? ¿Por qué nos abandonó? ¿Por qué nos sometió al trauma más profundo y más largo, al menos para mí, que fue su ausencia? Más que su ausencia, su decisión de condenarnos a su ausencia. A sentir que no fuimos suficientemente valiosos ni siquiera para justificar su vida. La única explicación que puedo encontrar es que no lo sabía, que ni siquiera llegó a imaginar el enorme daño que le estaba causando a sus seres queridos y especialmente a sus hijos, a quienes, estoy seguro, no les deseaba ningún mal. El suicidio de un ser querido deja muchas preguntas abiertas. En otra época hubiera pagado cualquier precio por poder hablar unos minutos con mi difunta madre y hacerle algunas preguntas. No esas primeras preguntas simples como: ¿Por qué lo hiciste?, creo poder imaginar esa respuesta; mi pregunta en ese momento hubiera sido: ¿Por qué nos hiciste esto?, ¿Por qué nos abandonaste?, ¿Por qué no pensaste en tus hijos? Por suerte la vida me dio la oportunidad de hablar con cientos de personas con pensamientos suicidas, primero como operador voluntario en una línea de asistencia al suicida y luego como participante en los Grupos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio de Hablemos de Suicidio ONG . Entre todas esas personas, muchas me recordaban a mi madre: Mujeres de mediana edad, con hijos, agobiadas por conflictos en sus relaciones y, muy probablemente, transitando una depresión. Esos testimonios me dieron la oportunidad de escuchar, como si estuviera escuchando a mi propia madre, la respuesta a mis preguntas. En muchos de estos testimonios se repite casi invariablemente la frase: “Van a estar mejor sin mi”. Afortunadamente, el formato de grupo de ayuda mutua me da la oportunidad de confrontar ese convencimiento con mi propia historia. Además, los testimonios de otros familiares que sufrieron la pérdida de un ser querido a causa de suicidio lo confirman. Nunca los familiares estamos mejor, en muchos casos arrastramos un dolor persistente durante décadas y algunos hasta llegamos a pensar nosotros mismos también en el suicidio. Sé que vivir por el otro es una carga que puede resultar demasiado pesada, eso también lo aprendí en mi propia experiencia, además de escucharlo en otros testimonios. Entonces la tarea debe ser ese motivo, esa razón que le de sentido a nuestras vidas. Sé también que en esos momentos de oscuridad es difícil incluso imaginar que eso existe, que un día nos vamos a despertar entusiasmados y apasionados por una idea, un proyecto o un sueño. Cuando nada nos entusiasma ni nos apasiona es difícil incluso pensar que eso ocurrirá, pero ocurre, eso también lo puedo afirmar en base a mi experiencia y la experiencia de otros. No hay una receta ni una guía para encontrar eso que le otorgue sentido a la vida. La única pista que puedo dar es que no es en soledad, no es en aislamiento, no es en silencio. El sentido de la vida siempre es en relación a los otros y a los vínculos sanos que podamos construir, por eso sigo creyendo que los grupos de ayuda mutua son un buen lugar para comenzar a buscar. A mi madre ya no la puedo ayudar, pero hay otros que aún están sufriendo y que, tal vez sin darse cuenta podrían causar con una decisión desesperada un sufrimiento inmenso e innecesario a muchos más. Por eso, y fundamentalmente porque me ayuda en mi propia búsqueda de sentido, seguiré promoviendo los Grupos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio . Ver también: Dejanos tu Testimonio en relación al Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG
- Fortalecer el vínculo madre-hija para superar los pensamientos suicidas
Tengo 47 años. Crecí en un hogar donde la inestabilidad emocional era una constante, una familia muy disfuncional. Con pocos recursos propios para desarrollar una adolescencia media típica, adopté una personalidad depresiva con la que fui lidiando durante mi juventud. En 1998 nació mi única hija Camila. Su llegada aunque fue esperada, tampoco vino libre de preocupaciones por causa de inconvenientes en su salud. En febrero del 2009 me divorcio de mi primer esposo y en septiembre de ese año falleció mi mamá por un paro cardiorrespiratorio. Especialmente la pérdida de mi mamá me representó un dolor muy difícil de resolver. En ese momento ella tenía 57 años y yo 33.De ahí sobrevivieron médicos, medicación, psicóloga y otras alternativas buscando llenar ese vacío. Nada lo logró. En julio de 2010 tuve un intento de suicidio. Entre en conciencia 3 días después y supe y sé al día de hoy, que no morí esa noche porque Dios tenía otros planes y un propósito con mi vida, pero si realmente podía no haber vivido por eso. Lo que siguió fue un mes de internación en una clínica de salud mental, tiempo en el que luché por mi alta porque estaba mi hija esperándome afuera. Ahí tomé conciencia del amor por la vida a través de la existencia de mi Camila. Pasaron 7 años hasta el 2016 dónde junto con la psiquiatra y la psicóloga que me atendían decidimos que era el tiempo de dejar la medicación psiquiátrica. Ya venía tomando hábitos saludables y lo que a mí me restauró de manera radical fue un encuentro verdadero en 2013 con el Jesús, hijo de Dios, que por amor dio su propia vida para salvación de la mía ( Y la de cada uno). Ahí todos mis vacíos se llenaron de amor y propósito. Para marzo de 2017 ya estaba libre de todas las pastillas y también de mi gran adicción al cigarrillo. De fumar 2 o 3 atados de 20 por día logré dejar de fumar. En el mientras tanto de esta vida en batallas pasamos esa temporada del caos, del vacío y la oscuridad con mi hija en plena adolescencia y su propia oscuridad y depresión y médicos, medicaciones y fantasmas de muerte. 2016 fue el año donde toda mi fe y mis oraciones tuvieron respuesta. Cuando yo pude caminar firmemente en la paz que mi Jesús me daba, mi hija siguió mis pasos y terminamos juntas ese año libres de ojeras, de encierros y de muchas pastillas de colores. La risa y los amigos llenaban la casa. La realidad se nos volvió esperanza. La vida nos siguió pasando, con muchas cosas bonitas y muchas otras pérdidas dolorosas. Con malas decisiones y aciertos maravillosos. En el mundo se dice: "si hay vida hay esperanza." , con mi fe digo: " si hay esperanza hay vida". Hoy mi hija Camila casi cumple 26 y ama su vida, la familia que está construyendo con su Fran y su pasión por la música. Se ha sentido triste a veces pero nunca más permitió quedarse en ese lugar de tristeza. Yo casi cumplo 48 años enfrentando un tiempo que no hubiese querido atravesar como un divorcio sumamente conflictivo después de 5 años de matrimonio y a tres meses de mudarme habiendo dejado mi ciudad, mis amigos, mi lugar de trabajo, la iglesia que era mi casa, hoy estoy empezando una nueva vida con muchas oportunidades que voy descubriendo muy hermosas y compartiendo esta esperanza que da vida, convencida que es parte del propósito por el que me aferré al amor a la vida. Feliz y agradecida de poder hacer gimnasia, andar en bici, trabajar de nuevo con chicos, servir en mi nueva iglesia, decorar mi casa, cuidar el jardín, y tantos sueños más por cumplir...Dios es bueno Ver también: Dejanos tu Testimonio de superación en relación al suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas
- Reconocer el para-suicidio en uno mismo
Cuando estudiamos el proceso suicida , podemos caer en el error de pensar que el verdadero riesgo comienza a partir de la elaboración del plan suicida o, al menos, desde la aparición de pensamientos suicidas. Esto puede ser conceptualmente cierto respecto del riesgo de suicidio, ya que, el pensamiento suicida, es decir, pensar en terminar con la propia vida en forma consciente y el plan suicida, que son las decisiones y arreglos necesarios para llevar el intento suicida al acto, son etapas que no pueden saltearse en un suicidio. En todos los casos, la intencionalidad del acto es necesaria para que la muerte sea clasificada como suicidio. Sin embargo, hay otro riesgo, tal vez mucho mayor, también relacionado con el proceso suicida que poco se tiene en cuenta y que puede aparecer mucho antes, es decir, debido a la estructura demográfica piramidal del proceso suicida, puede ser mucho más frecuente. Me pregunto cuántos de nosotros hemos tenido fantasías de muerte, es decir, un sentimiento o pensamiento automático que nos dice "¿Cuándo se termina todo esto?", "¿Por que no llega mi hora de una vez?", o algo por el estilo. ¿De verdad no hemos pensado nunca de ese modo o hemos tenido ese sentimiento?, ¿Ni siquiera por un instante? Si es así amplio mi pregunta: ¿Cuántos de nosotros hemos fantaseado con la propia muerte como una liberación del sufrimiento aún sin llegar a reconocer conscientemente este sentimiento? Por supuesto no hay estadísticas sobre nuestras fantasías inconscientes. Sin embargo, otras estadísticas mucho más concretas nos pueden mostrar que somos muchísimos los que llegamos a ese punto. Tal vez muchas veces durante nuestras vidas o en forma continua durante mucho tiempo. Después de todo: ¿Cuál es el problema de fantasear con la muerte? Son solo fantasías. El sentido común nos indica que el verdadero riesgo del suicidio solo se verifica con un plan suicida más concreto. Sin embargo, los números nos muestran que son mucho más frecuentes las muertes relacionados con el para-suicidio, es decir, actos intencionales que directa o indirectamente pueden llevar a la persona a la muerte sin la intención concreta de obtener ese resultado. Así como el intento de suicidio se relaciona directamente con la existencia de un plan suicida, el para-suicidio se relaciona con las fantasías de muerte, ya sean estas conscientes o inconscientes, Las personas con fantasías de muerte suelen descuidar su propia vida o asumir riesgos innecesarios. No concurren con regularidad a los controles médicos, abusan de sustancias como drogas, alcohol, cigarrillo o comida, no adoptan estilos de vida saludables, conducen a alta velocidad o imprudentemente o bien, como peatones se muestran descuidados en la vía pública, entre otros riesgos innecesarios. Vuelvo a formular la pregunta de otro modo: "¿Cuántos de nosotros incurrimos alguna vez en alguno de estos descuidos de la propia vida?". Las conductas, a diferencia de las fantasías, son visibles. Si miro a mi alrededor entre las personas que conozco, incluyéndome a mi en primer lugar, no encuentro a nadie que haya cuidado bien de su vida siempre y en todas las circunstancias. Aun así, estos descuidos o riesgos de vida innecesarios son frecuentemente tomados como inofensivos. Los números nos muestran que no lo son: Según Ourworldindata cerca de 760.000 personas mueren cada año por suicidio. Las muertes relacionadas con otras causas que, en general, admiten medidas de prevención efectivas que con frecuencia se ignoran cómo enfermedades pulmonares, cardiopatías o accidentes de tránsito suman decenas de millones. Vuelvo a formular la pregunta de otro modo: ¿Estamos cuidándonos como nos lo merecemos? ¿Realmente estamos comprometidos con la vida? Si no lo hacemos, ¿qué esperamos? El para-suicidio, que como vimos es mucho más riesgoso que el suicidio, debe ser incluido en las tareas de prevención del suicidio, y también en este caso la prevención comienza por casa. Ser cuidadosos con nuestra propia vida es el mejor ejemplo que le podemos dar a todos nuestros allegados. Si no logramos serlo, si las fantasías de muerte condicionan nuestro debido cuidado, siempre está la opción de hablar de lo que nos está pasando. Reconocer el para-suicidio en uno mismo, reconocer nuestras fantasías de muerte y poder hablar de ello es el primer paso. Hablemos de para-suicidio. Ver también: Dejanos tu Testimonio de superación en relación al suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas
- “Es de varón” pedir ayuda
En nuestro país mueren cada día al menos 10 personas a causa de suicidio. En promedio, 2 mujeres y 8 varones. Como en casi todos los países del mundo, aquí el suicidio es un problema predominantemente masculino. ¿Por qué? Hay muchas teorías al respecto, pero el hecho de que existan excepciones, países donde el suicidio masculino no es mayoritario o al menos no en una proporción de 4 a 1, pareciera indicar que hay un factor cultural. Otro hecho que parece contradictorio, aunque en realidad refuerza esta idea, es que las mujeres piden ayuda frente a sus pensamientos suicidas en una proporción mucho mayor que los varones. Lo vemos en las consultas psicológicas, en las líneas de asistencia para personas en crisis o con pensamientos suicidas y en los grupos de ayuda mutua para personas afectadas por el drama del suicidio . La proporción es aproximadamente 4 a 1 pero esta vez mayoritariamente a favor de las mujeres. ¿Cómo es esto? ¿Las mujeres tienen más pensamientos suicidas y los varones mueren en mayor proporción a causa de suicidio? Evidentemente no: Las mujeres están más abiertas a pedir ayuda cuando se enfrentan a pensamientos suicidas y, tal vez por eso, llegan en menor proporción al suicidio. La pregunta que sigue es por qué los varones somos reticentes a pedir ayuda. Quienes somos varones y recibimos una educación tradicional lo sabemos, las madres y padres de esos varones también lo saben: La diferencia está en la forma en que fuimos educados. Dicen que para los pueblos primitivos el peor castigo no era la muerte sino el destierro. Los muertos son recordados y venerados, los desterrados se olvidan, no se habla de ellos, no reciben la mirada de sus compatriotas, no pertenecen. Somos animales gregarios, necesitamos pertenecer para sentirnos vivos, por eso tememos tanto al destierro. Cuando yo era chico el destierro estaba representado por el peor de los calificativos que un varón podía recibir: “Mariquita”. El señalamiento como “Mariquita” era como un decreto de exclusión, como una sentencia que decía “no sos de los nuestros”, no pertenecés al grupo de los varones. Era el infierno más temido, y por eso nos cuidábamos de no hacer nada que no fuera "de varón”. En especial nos cuidábamos de no pedir ayuda nunca, bajo ninguna circunstancia, porque “un varón se arregla solo”. Mucho antes de esto, antes de que tuviera edad suficiente para ir a la escuela, mis padres me enseñaron con firmeza y crueldad que era eso de “ser varón”. Si lloraba, en vez de consolarme se enojaban y me decían: “los hombres no lloran”, y si me quejaba por cualquier cosa me recordaban “no sos una nena”. A los hombres se nos acusa hoy en día de promover una cultura machista, sin embargo yo recuerdo más a mi madre que a mi padre enseñándome cómo ser “un hombre de verdad”: Supongo que a mis compañeros de primaria les pasó otro tanto, porque para cuando fuimos escolarizados ya compartíamos los mismos códigos: “Los hombres de verdad no muestran emociones, no se quejan y nunca piden ayuda”. Como dije, no creo que seamos los varones los únicos responsables de la reproducción de estas pautas culturales, tampoco creo que sean las mujeres las únicas víctimas: En nuestro país, 300 mujeres mueren cada año a causa de la violencia machista, y más de 2.500 varones a causa de suicidio al menos en parte porque la cultura machista nos enseño a no pedir ayuda. Todos somos responsables y todos somos víctimas. La cultura machista que cosifica a la mujer, y que impide a los hombres mostrarse vulnerables, con sus falencias y debilidades, viene perjudicando a ambos géneros. Por eso tenemos que deconstruirnos y, fundamentalmente, no reproducir las pautas culturales machistas que tanto daño nos han hecho. Tanto hombres como mujeres deberíamos redescubrir nuestros aspectos más humanos y, entre ellos, la característica que más nos identifica como especie, nuestra capacidad para pedir ayuda. Una sociedad donde todos aprendamos a mostrar nuestras emociones, a hablar de lo que nos pasa y a pedir ayuda será, sin duda, una sociedad más segura frente al riesgo de suicidio para nosotros y para nuestros seres queridos. Por eso, quienes tenemos hijos o menores a cargo y nos preocupamos por ellos, también deberíamos enseñarles a pedir ayuda, tanto a niños como a niñas. Ver también: Prevención Comunitaria del Suicidio Dejanos tu Testimonio en relación al Suicidio Escucha Activa en temas relacionados con el Suicidio
- Dopamina: la clave para entender el bienestar, las adicciones y el pensamiento suicida
Cuando hablamos de adicciones pensamos en droga o alcohol. Algunas veces también en juego, comida, trabajo o sexo. Podríamos agregar a está lista la televisión, las redes sociales, los medios de comunicación digitales y muchos objetos o actividades más, en rigor podemos ser adictos a cualquier cosa que tenga la capacidad de provocarnos placer. Es que, como dice la doctora Marian Rojas Estape en el reportaje que le concedió a Infobae , el placer y la adicción están íntimamente relacionados. Por las dudas aclaramos que no nos referimos aquí al sano placer que muchas actividades en justa medida pueden brindarnos, pero el límite entre el sano placer y la adicción suele ser difuso y esto se explica por el funcionamiento de los mecanismos de recompensa en nuestro cerebro. La naturaleza se aseguró de que realizáramos algunas actividades esenciales para nuestra supervivencia o la de la especie, como comer o tener sexo, mediante circuitos de recompensa. La dopamina es el neurotransmisor que se genera en estas y otras actividades placenteras. Se podría decir que es la manifestación química del placer, la moneda de cambio con la que la naturaleza nos recompensa por asegurar nuestra supervivencia o la de la especie. El problema es que, como dice la doctora Rojas Estape, aprendimos a hackear esos circuitos de placer. Muchos productos y actividades modernas están específicamente diseñados para generar una gran cantidad de dopamina en forma instantánea: comida chatarra, videojuegos, series, pornografía online, redes sociales, comunicaciones instantáneas y muchas más. ¿Cuál es el problema si la dopamina nos genera placer? Justamente, que una gran cantidad de dopamina nos vuelve insensibles a este estímulo, de manera que necesitamos cada vez más para obtener cada vez menos placer. Así nos volvemos adictos casi sin darnos cuenta. Pero el mayor problema no es ese, sino que nuestros circuitos de recompensa saturados ya no nos permiten disfrutar de los estímulos simples de la vida cotidiana: una palabra amable, acariciar a una mascota, terminar un trabajo bien hecho, amar o ser amado. La vida deja de tener incentivos o propósitos válidos cuando nuestros mecanismos de recompensa cerebrales están saturados. Lo que sigue es la depresión y en algunos casos el pensamiento suicida. Afortunadamente, como también señala la doctora Rojas Estape, este camino se puede desandar. ¿Cómo? Aprendiendo a aplazar la recompensa. Inevitablemente seguiremos viviendo en una sociedad llena de estímulos adictivos, por eso esta propuesta además de efectiva es muy realista. No nos pide que tiremos nuestro celular a la basura, que cerremos todas nuestras redes sociales ni que hagamos una dieta cien por ciento naturista. Podemos seguir disfrutando de todos los placeres, también de esos placeres tan artificiales que trajo la modernidad. Lo importante es la medida: cuándo y cuánto. Si aprendemos a medir y postergar estos “permitidos” no nos producirán menos placer sino más, y cada vez más a medida que nuestros receptores de dopamina dejen de estar saturados, y lo que es más importante: volveremos a disfrutar de esos pequeños placeres de la vida que son, en definitiva, las cosas que la colman de sentido y nos protegen de nuestros propios pensamientos suicidas. Ver también: Conocer y Promover los Factores Protectores de la Conducta Suicida El Proceso Suicida y las múltiples oportunidades de prevenir Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG
- El poder de la oración para superar pensamientos suicidas
Desde muy chica comencé a tener episodios de angustia. Vivía rodeada de una familia tradicional, pero un poco fría. Mi progenitor (ahora mi amado padre) era alcohólico y violento. Mi madre trataba de suplir las necesidades a pesar de todo el ambiente de vicios y violencia en el que vivíamos. Desarrollé trastornos alimenticios debido a las palabras que mi padre me decía. Tenía una autoestima muy baja, llegué a odiarme y a odiar mi cuerpo. A mis 16 años comencé a tener pensamientos suicidas, me lastimaba las muñecas, me pinchaba piernas y brazos, etc. Un día tuve un episodio nervioso que me llevo a cortarme muy profundo una de mis muñecas, y mi dolor pasó a ser descubierto por mi familia. Desde ese momento visitamos tantos hospitales, psicológicos y psiquiatras. Me dieron tantos medicamentos y tratamientos, que mi madre ya no sabía qué hacer conmigo. Fue un tiempo difícil. Una sobrina mía había viajado de vacaciones a visitar a su hermano, dieron con una campaña evangelística y aceptaron a Jesús en su corazón, ella y su familia. Y bueno cuando ella vino a verme yo ya no hablaba con nadie, pensaba que para qué iba a hablar si nadie entendía lo que me pasaba ni podía ayudarme. Simplemente me habló de Dios y oró por mí, me invitó a la iglesia al otro día y fui. Jamás había pisado una iglesia cristiana, no sabía qué hacer pero me hizo bien, todo lo que hablaron me tocó profundamente y comencé a tener fe en Dios, a pedirle que cambiara mi vida y lo hizo. Tenía varias enfermedades entre ellas tiroides y trastornos alimentarios. Tenía anorexia y bulimia. Llegué a pesar 20 kilos menos de mi peso normal. Adelgacé tanto! Hacía mucho ejercicio y no quería comer. Cuando comenzaron a obligarme a comer desarrollé bulimia. Al tiempo de haberme reencontrado con Dios volví a hacerme los estudios y ya no tenía nada. Con los psicológicos hablé y me dieron de alta. Les dije que me sentía tan bien, con muchas ganas de vivir y que Dios pudo ayudarme a superar los problemas con los alimentos. De estar llorando todo el día, comencé a andar saltando en una pata de alegría. Con mi padre siempre fue una relación difícil. Él maltrataba a mi mamá, llegué a odiarlo, con mi hermano teníamos tanta bronca hacía el que a veces ansiamos meternos en las peleas para hacerle daño. Él jamás me golpeó, ni a mi hermano, pero si a mi madre, y a mis hermanos mayores. Pero le teníamos miedo, nos gritaba y nos decía cosas muy feas cuando se enojaba o bebía. Trabajamos a la par de él, yo era mujer pero siempre quise que estuviera orgulloso de mi, me esforzaba por hacer trabajos de hombre para que él me mirara con aprecio. Hasta que ya no pude contener la situación conmigo misma. Culpaba a mi madre y a él por todo, los odiaba pero Dios me ayudó a perdonarlos y hoy en día tenemos una bella relación. Hoy tengo 29 años. Tuve mis momentos de recaídas, pero desde que conocí a Dios, sobrevivo de pura gracia suya. No me dejo vencer, sé cómo pelear contra esos pensamientos negativos y lucho cada día con las fuerzas que Dios me da. Saludos y qué Dios los bendiga. Ver también: Dejanos tu Testimonio de superación en relación al suicidio Grupos Gratuitos de Ayuda Mutua para personas afectadas por el drama del Suicidio Sumate al Voluntariado de Hablemos de Suicidio ONG Brindar Asistencia Primaria a Personas en Crisis con Posibles Pensamientos Suicidas
- ¿Qué significa ser voluntario/a?
Muchos ven al voluntariado como una carga que algunas personas generosas se auto imponen para ayudar a otras. Nada más lejos de lo que sienten la mayoría de los voluntarios que colaboran con diferentes asociaciones civiles o instituciones públicas. Para ejemplificar esto bastan algunas respuestas de los voluntarios de Hablemos de Suicidio ONG cuando uno de sus compañeros les preguntó qué significa para ellos ser voluntario. Me permite poder entregar algo que llevaba oculto, intentar ser otra personita, tener y sentir otras emociones que no conocía, me regala el placer de Ser para otros alguien, de entregar desde mi mirada un abrazo, un cachito de Vida. Desde mi parecer, es una bella Misión de Vida. Para mí ser voluntaria me permite evolucionar como ser humano al compartir mí tiempo, dedicación y amor desinteresadamente con otro ser que también me nutre de su experiencia de vida, dándole a mi propia vida un sentido más humanizado. En este camino encontrar personas increíblemente maravillosas. Para mí, ser voluntaria es un aprendizaje constante, es mejorar día a día con lo que recibo de otras personas en un intercambio donde se ponen en juego la sensibilidad, la tolerancia y el respeto. Pero sabiendo que juntos podemos lograr el objetivo que nos proponemos para construir un mundo mejor. Mil gracias por darme la posibilidad de formar parte de esta hermosa familia. Ser Voluntaria es el equilibrio que necesito en mi vida de ese "dar y tomar" para poder sanar un poquito todos los días... sabiendo que el otro también soy yo. Solo quiero cumplir la promesa que le hice a Patri el día que la despedimos: que su dolor y el de mis hijos y el mío no van a ser en vano que trataría de dejar algo aquí antes de marcharnos en honor a ella y esa posibilidad me la ofrece el voluntariado, creo que es por ahí, abrazo a todos. Ser voluntario es poder dar una oportunidad a alguien de ser comprendido y escuchado y a través de esa experiencia también; poder descubrir que nos mejora para ser más humanos y transformar con tiempo y paciencia nuestras heridas y la del otro en cicatrices del alma que cuando hayan dejado de supurar angustia y dolor serán los escalones que nos permiten elevarnos y poder ver más allá del día a día. Abrazo del alma para todos. Ver también: Sumate al voluntariado en Hablemos de Suicidio Otras actividades de Hablemos de Suicidio











