Cuando todo indica que es el final, podría ser un nuevo comienzo
- Autor Anónimo

- 20 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Mi nombre es Aníbal. Y sí... yo también estuve parado en ese borde peligroso desde donde se ve de frente el abismo y no se puede divisar nada más. Por suerte hoy, después de 25 años, sigo aquí contando mi experiencia.
Volviendo a ese momento recuerdo que pensé ¿Esto es el final? ¿No queda nada más?... Era una etapa complicada de mi vida, pensé en los que me querían y también en los que me habían traicionado. En las historias de la vida, que en realidad nunca terminan. En lo que iba a pasar después de mi muerte. ¿Qué iba a pasar? Nunca lo sabría. Sumido como estaba en una angustia lacerante, el primer sentimiento vital que me llegó fue esa curiosidad: ¿Qué iba a pasar? Decidí esperar solo para saber cómo seguiría la película, aún sin darme cuenta del todo de que yo era el actor principal. Pero lo era. Asumí mi papel de una forma más desapasionada, como quien no tiene nada que perder. De hecho, yo sentía que no tenía nada que perder. Algunas cosas me salieron bien y muchas mal, pero las pérdidas no me dolían tanto porque ya había dado todo por perdido, en cambio los pequeños logros me llenaban de entusiasmo porque, en realidad, no los esperaba.
Comencé a mirar al mundo con ojos nuevos: Descubrí que había personas que me querían, y me sorprendió no haberlo visto antes. Descubrí que las angustias son pasajeras, como las nubes del cielo, y que de tanto en tanto siempre nos ilumina un rayo efímero de felicidad que, aunque breve, nos dice que la vida vale la pena. Y, lo mejor, entendí que nada es permanente, que todo esto es un juego, y solo se trata de jugar. Nada de lo que ganemos o perdamos, es realmente importante. Ninguna de esas cuestiones que nos angustian o nos desvelan realmente lo es. Vinimos sin nada y sin nada nos vamos a ir. En el medio, solo se trata de jugar, con la inocencia y la ilusión con que juegan los niños, con alegrías y enojos pasajeros, pero sin tomarse nada realmente en serio.
Hoy, llegando a mi tercera edad, agradezco por cada momento de mi vida, también por ese día en el que miré de frente a la oscuridad del abismo, porque de ese aparente final surgió un nuevo comienzo, menos pretencioso y con más sabiduría.
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