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Biología del Suicidio


Biología del Suicidio

El suicidio es un fenómeno complejo que ha captado la atención de profesionales de la salud mental, investigadores y afectados. En los últimos años, una mayor toma de conciencia sobre la gravedad de este drama social, ha llevado a una mayor preocupación por la salud mental y la búsqueda de estrategias efectivas de prevención. Un enfoque intrigante, aunque poco explorado, es la relación entre el suicidio y nuestra biología. Este artículo intenta explorar cómo la biología puede influir en nuestras conductas suicidas y cómo este conocimiento puede mejorar nuestras estrategias para la prevención del suicidio.


El suicidio puede afectar a personas de todas las edades y antecedentes. Es impulsado por una compleja interacción de factores biológicos, psicológicos y sociales. El sufrimiento emocional, las enfermedades mentales, los traumas de la infancia o la adolescencia, el estrés postraumático en general, los duelos, el abuso de sustancias y las crisis vitales son algunos de los factores de riesgo más comunes. Sin embargo, la evolución biológica nos ofrece una perspectiva adicional: Por empezar ¿por qué los seres humanos desarrollarían un impulso hacia el suicidio? ¿Cómo es que adquirimos y conservamos como especie esa opción?


Estas preguntas han desconcertado a biólogos evolucionistas. Se supone que la selección natural elegiría solo aquellas características y conductas que promuevan la conservación de la especie, y las conductas suicidas no parecieran ir en esa dirección. Desde una perspectiva evolutiva, algunos investigadores sugieren que los comportamientos suicidas pueden haber tenido funciones adaptativas en contextos primitivos. En un escenario de recursos limitados, el sacrificio de algunos podría haber protegido a los otros miembros del grupo. De esta manera, la disposición a terminar con la propia vida podría haber sido útil como una forma de preservación del grupo. Esta hipótesis concuerda con el sentimiento de inutilidad o carga para sus seres queridos que padecen muchas personas con pensamientos suicidas y también con el paulatino alejamiento de sus grupos de pertenencia que suelen manifestar.


En el contexto moderno, estos comportamientos han perdido su función adaptativa. La supervivencia de un grupo humano ya no requiere ni depende del sacrificio de algunos de sus miembros como pudo haber ocurrido en los escenarios primitivos. Sin embargo, los cambios evolutivos, que se producen en cientos de miles de años, suelen ser muy lentos en comparación con los rápidos cambios culturales, sociales y tecnológicos. La evolución no nos ha provisto con las herramientas necesarias para lidiar con las complejidades de la vida contemporánea, incluido el aislamiento social y el estrés. La discordancia entre nuestros instintos evolutivos y las exigencias del mundo moderno podría contribuir a la incidencia del suicidio.


Desde el punto de vista biológico, las investigaciones han demostrado que la genética y la neurobiología juegan un papel crítico como factores de riesgo de la conducta suicida. Ciertos neurotransmisores, como la serotonina, se han asociado con el bienestar emocional y el comportamiento suicida. Además, condiciones psiquiátricas como la depresión y la ansiedad a menudo tienen componentes genéticos, lo que indica que algunas personas pueden estar más predispuestas a experimentar pensamientos suicidas.


Comprender el suicidio desde una perspectiva evolutiva y biológica no significa desestimar la importancia del apoyo social, la empatía y el tratamiento de la salud mental. Por el contrario, puede ofrecernos argumentos para cambiar algunos de nuestras conductas sociales en favor de la prevención del suicidio.


En función del conocimiento evolutivo, por ejemplo, podemos confrontar nuestra percepción de inutilidad o carga y también nuestra tendencia al aislamiento cuando estamos deprimidos. En la medida en que aceptemos que estos sentimientos provienen de una interpretación arcaica de la realidad que quedó grabada en nuestros genes desde las épocas primitivas podremos reconocer su disfuncionalidad para el mundo contemporáneo y así evitar que se expresen en conductas.


También podemos contrarrestar la discordancia entre la vida que llevamos y nuestras tendencias ancestrales mediante acciones muy simples. No se trata de volver a la época de las cavernas, pero sí podemos admitir que no estamos preparados para una vida solitaria. La tecnología debería servirnos para generar mayor interacción social, no para aislarnos más. Por ejemplo, los grupos de ayuda mutua a los que hoy se puede acceder por videoconferencia sirven para generar ese sentido de pertenencia tan necesario para nuestra salud mental que era habitual en épocas prehistóricas y que se está perdiendo en la modernidad.


Por último, el prejuicio que pesa sobre las enfermedades mentales, llegando incluso a “acusar” a los afectados por su propio padecimiento, podría ser abandonado si fuéramos conscientes de que en las enfermedades mentales siempre hay algún componente biológico que no depende de la voluntad o la intención del paciente, por lo que deberían tratarse son la misma tolerancia y compasión que es más frecuente en las enfermedades físicas.


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